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BUTACA CRÍTICA

TE DOY MIS OJOS

Izíar Bollaín


Desde que vi la última película de Izíar Bollaín estoy pensando escribir un comentario en esta ‘butaca crítica’; pero me daba miedo caer demasiado en mi práctica ya habitual de ‘coger el rábano por las hojas’: aprovechar la excusa de este estupendo y atinado film para enrollarme en un tema que hace tiempo me preocupa, y ocupa muchos de mis pensamientos y conversaciones.

Voy a empezar copiando los trozos de algunas críticas que me han parecido significativos y pueden centrar nuestra reflexión; Enrique Colmena escribe en "Criticalia": “Afortunadamente, no es un filme de tesis, no es una película con moraleja, sino arte puro del que se desprenden consecuencias que dimanan de la propia obra artística. Porque no estamos ante una película de buenos y malos, sino de seres humanos, con sus muchos defectos y algunas cualidades, donde el esposo, que ama a su mujer pero no sabe demostrárselo más que con golpes y sevicias, intentará remediar su problema con asistencia profesional, aunque sin mucha suerte.”

En "Fila Siete" escribe Laura García Pousa: “A lo largo de la película, los personajes irán rescribiendo ese libro de familia en el que está escrito quién es quién y qué se espera que haga, pero en el que todos los conceptos están equivocados y donde dice hogar se lee infierno, donde dice amor hay dolor y quien promete protección produce terror.”

J. L. Sánchez Noriega, en la revista “Reseña”: “Se adentra en la radiografía del amor como posesión, de las frustraciones masculinas liberadas por la agresividad, de la (horrible) educación de la mujer para ser esposa mártir o, en fin, de la situación actual de muchas parejas en nuestro país.”
“Como a los mejores maestros, a Bollaín le basta con dejar hablar a la realidad, y lo hace desde su mirada de mujer, feminista sin maniqueísmos, sensible hacia la mujer víctima de la violencia, pero también cercana hacia el maltratador, víctima de su ignorancia.”
“Es comprometida porque no hace demagogia, descripciones morbosas ni sensacionalismo con un tema que se presta a ello, sino que profundiza con resolución, libertad e intuición en las causas de esa violencia hasta llegar a señalar el trasfondo social y la responsabilidad compartida.”

José María Aresté en "Aceprensa": “Es de agradecer una visión poliédrica del problema, que evita demonizar a nadie. De todos modos, Bollaín adopta un sesgo desesperanzado, común a cierto cine contemporáneo, cerrado casi por completo a la trascendencia y a la posibilidad de cambio de las personas.”

Y Alejandro Díaz en "Miradas": “Con gozosa falta de sorpresa constatamos que Bollaín se niega a seguir el camino fácil que supondría cubrir el expediente en un tema como los maltratos domésticos entregando un film-panfleto maniqueo y caricaturesco. Aunque la temática subyace siempre en la acción, en ningún momento la directora propende a amoldar su historia a una determinada 'tesis'."
“Uno no ve personajes sino que ve personas, semejantes, con sus buenos momentos y también con sus miserias. El amor por lo humano es algo inherente a Bollaín y hace que su cine trascienda y conmueva hasta la lágrima.”


Mis impresiones

Confieso que yo iba a ver la película con cierto miedo: había oído hablar muy bien de ella, pero me parecía muy difícil que pudiera llegar a convencer suficientemente algo sobre un tema tan complicado. Me gustó muchísimo e intentaré decir por qué.

Quizá lo primero es la efectividad y afectividad del guión ante el planteamiento y desarrollo de una actual y creíble historia de malos tratos. Alicia Luna e Icíar Bollaín creo que merecen muchísimas alabanzas. Desde luego, se nota que son mujeres: delicadeza, sobriedad, precisión, ternura, respeto, fuerza, medida. Es un ejercicio de documentada y profunda reflexión, que pretende y consigue una necesaria personal reflexión posterior. No es fácil sugerir tanto explicitando tan poco, expresar tanta tensión sin mostrar demasiado, tratar un tema tan vidrioso sin caer en ningún tópico. No nos cuentan cosas, nos formulan sentimientos y emociones; cosa nada fácil en este tiempo en que tan poco y tan mal se expresan. Hacen hablar a cuadros y lavadoras, a tumbas y azoteas, a trivialidades preñadas de significado. Y mantienen un muy logrado equilibrio entre decir y sugerir, proponer sin tomar partido, impactar y relajar, hacer pensar y sonreír, drama y comedia.

No sé tanto como para juzgar -ni quiero hacerlo- los elementos técnicos, pero me parece que cumplen suficientemente con la misión de acompañar a los actores en la ejecución de ese logrado guión que tan bien interpretan.

Una de las cualidades más reconocida por casi todos es la genial interpretación de los dos protagonistas que, a mi juicio, bordan sus papeles. Laia Marull todavía me llena más. A Luis Tosar le encuentro demasiado monocolor: creo que en toda la película sólo cambia de cara en la última escena, cuando ve irse a Pilar, y deja salir su miedo, su debilidad, su susto, su inseguridad. Sospecho que siguen el guión y que la expresiva inexpresividad de Tosar es parte de ese acercamiento respetuoso a la complejidad simple de la psicología de un maltratador.

El personaje de Pilar me encanta y Laia no lo interpreta, lo vive; ojos, cuello, músculos, cada gesto, cada respiración, cada mirada, cada expresión es un prodigio de expresión perfectamente matizada de un estado de ánimo: ‘del rosa al amarillo’, del amor al miedo, ambos viscerales, totales, imposibles de controlar.

Como decía, el guión ayuda a la interpretación; bueno, y ésta a aquél. Hay escenas de una excelente factura, de una riqueza expresiva y de una perfecta transmisión. Repito lo dicho de la sobriedad: en el coche de vuelta de casa del hermano, y en el balcón final, se nos hace ver horas y episodios no filmados de horror insufrible; de incomunicación violenta. En cuanto a las geniales ‘escenas agradables’, me quedo con las de los cuadros, tanto en las diapositivas explicadas, como desde las páginas del libro -¡regalado y, luego, roto!-: son catalizadores maravillosos de reacciones emotivas precisas y transparentes; Laia Marull es una luminosa y cambiante vidriera multicolor. Explicar la lluvia de oro de Dánae o los colores de los sentimientos en Kandinsky, transforman a Pilar, le devuelven su rica sensibilidad, su vida capaz de tolerar el máximo miedo paralizante y de traslucir la mayor esperanza ilusionada; y -¡por eso!- sacan de quicio a Antonio: “Yo me arreglo para trabajar, pero ella se arregla para hablar de dioses y ostias.”

Los actores secundarios, muy medidos en una también excelente interpretación, acompañan a Pilar en su ‘via crucis’ cotidiano. Su madre le quiere imponer -y parece que siempre le ha contagiado y hasta dado de mamar- abundantes dosis de resignarse -‘¡ajo, agua y resina!’-, quedar bien, aguantar, que no se sepa. Rosa María Sardá hace ese papel a la perfección. Como en la madre de la Hermana Rosa–Penélope Cruz de “Todo sobre mi madre”. A algún crítico he leído que ‘la Sardá’ no sabe hacer otra cosa; yo creo que aquí hace perfectamente eso que tiene que hacer.

Candela Peña da vida, creo que muy bien, a una Ana bastante creíble y bien dibujada en el guión. Con ‘el escocés’, es el contrapunto -quizá pretendidamente exagerado- de la pareja protagonista: realmente hablan ‘otro idioma’. Ayuda, acompaña, protege, aconseja a Pilar. Aunque, para mi gusto, no acaba de ‘empatizar’ con ella. Puede aparecer que se debe a envidias fraternas o diferencia de carácter sin más. Pero me gusta que se mantenga esa ambigüedad de si quiere, puede, o sabe realmente ayudar de manera eficaz, más allá de lo que logra. Para mí, es el papel más tierno de los que le he visto a Candela Peña, hasta ahora, un tanto ‘antipática’. Agradecí mucho su premio particular.

La panda de amigas ejercen bien de ‘liberadas’ y ayudan a que Pilar vaya tomando conciencia de su situación y posibilidades. La escena de la comida, en la que ponen voz a la ‘reconciliación’ de la pareja que habla fuera, es una más de las muy logradas. Pilar, su expresiva cara, que todo lo escucha y lo mira, parece que empieza a poder ‘ver’, a objetivar realmente.

Me gusta que el psicólogo aparezca de vaqueros y sin academicismos excesivos. Como un colega más que ayuda a que sus terapias de grupo sean muy expresivas e iluminadoras; al tiempo que facilitan momentos de distensión argumental, sin perder fuerza narrativa. En las conversaciones con Antonio, le hace ver lo poco que se deja sentir y lo casi nada que logra expresar.

Queda quizá una ambigüedad -creo que inteligentemente pretendida-, que me hubiera gustado ver más resuelta: ¿quiere Pilar ver lo real?; ¿quiere Antonio de verdad cambiar?; lo que hay entre Pilar y Antonio, entre Antonio y Pilar ¿es amor, enamoramiento, cariño, miedo a perderse, necesidad? Vamos a entrar en ello un poco más largamente.

En un ‘Seminario de Formación Religiosa de COU’, hace 5 o 6 años, una alumna me preguntó: “¿Qué opinas de los malos tratos?” Con una buena dosis de escenificación teatral, le contesté: “¿Estáis todos sentados, sobre todo, ‘todas’? Pues os voy a contestar algo que digo siempre: «¡Pues que me alegro!» ¿Qué os parece?”

Intenté explicarles el porqué de esa ‘opinión’. No es que me alegre de que se den malos tratos -me parece horrible e inexplicable-, sino que me alegro de que se haga patente y de que se reaccione ante algo que lleva mucho tiempo tapado y haciendo demasiado daño. Es muy frecuente que jóvenes amigas, familiares o incluso alumnas se desahoguen conmigo: “Mi novio no me entiende, no me sigue, va a lo suyo; a veces hasta me levanta la voz, si no hago lo que quiere.” Y yo les digo: “¡¿Será tu ‘ex- novio’?!" Y ellas, casi siempre con una cara muy lánguida: “¡No! Si me quiere mucho, es muy cariñoso, y ¡¡¡si vieras cómo es de tierno!!!”

Eso, en unos años, es malos tratos. Y se ve venir. Lo que pasa es que muchas personas ingenuas -¿quién no es un poco ingenuo en el noviazgo?- se quieren creer que las cosas van a cambiar. Yo siempre les digo: “Las cosas no cambian después; y, si cambian, ¡es a peor!” Me enerva ver que se ignoran, cuando tenían fácil remedio, síntomas de futuros síndromes que van a causar un dolor irreparable. Prólogos evidentes de terribles dramas que se podían haber evitado. (Aunque la experiencia parece probar que ni eran tan visibles, ni tenían fácil remedio, ni ‘se podían haber evitado’.) “¡No te quiere, Pilar!”, le dice Ana tras haber visto los ‘partes médicos’. Y la pobre Pilar sale por los cerros de Úbeda: “Tú no le conoces; nunca os cayó bien; os parecía poco para mí.”


El amor no es un sentimiento sino una actitud

Antonio, realmente, ¿ama? ¿Qué es amar? ¿Alguien que ama puede maltratar? ¿Un maltratador puede amar? Es un tema atractivo, pero no quiero irme demasiado por todos los caminos, tocar todos los palos; y tampoco quisiera usar moralina. Sin embargo sí hago una pequeña reflexión -en la que me extiendo en «Comunicarse para ser feliz», por si alguien quisiera ir a las fuentes: y ¡hay que hacer propaganda!-. Distinguir sentimiento y actitud es muy importante en muchos campos, pero en el caso del amor es imprescindible. El sentimiento es aquel movimiento interior, aquella reacción involuntaria de mi sensibilidad, que se provoca por una situación, generalmente externa a mí, o por la actuación de otra persona, incluso por su sola presencia, sin que yo haya influido en nada de lo que pasa. La actitud es el modo con el que yo respondo a ese sentimiento: cómo actúo ante esa situación, cómo me porto con esa persona. Por ejemplo: noto que a alguien con quien estoy le huelen los pies; mi sensibilidad siente el olor y yo experimento un sentimiento de desagrado. De la misma manera que, cuando hace frío, se tiene una sensación de frío: sentimos el frío. El sentimiento no depende de mí, no es de mi decisión, ni es mi culpa. (No diferencio aquí sensación y sentimiento.)

Otra cosa será el modo como después reaccione, lo que haga ante esa persona ‘porque me cae mal’, por ejemplo. Si al que le huelen los pies viene y me dice: "Oye, que quiero hablar contigo", y yo le respondo: "Mira, no tengo tiempo, vuelve en octubre, ¡a ver si entonces no te huelen los pies!", eso ya es una reacción mía, una actitud mía ante esta persona. Lo que ella me produce es el sentimiento; lo que yo hago, cómo respondo, es la actitud. Conozco una persona atractiva, y me produce interés, agrado, apetencia, atracción, necesidad, dependencia, ¡o locura!: éstos son sentimientos que ella produce en mí; sin que yo haya tenido todavía nada que ver. Pero eso no define que sea amor: puede ser sólo enamoramiento. Por el contrario, el amor está -o no está- en lo que yo produzco hacia ella: la actitud con la que yo, libre y voluntariamente, me porto con ella. Y, ante la misma atracción o enamoramiento -sentimiento-, puedo actuar con verdadero amor -actitud de entrega, comprensión, empatía, respeto, apoyo, escucha, disponibilidad -, o con total egoísmo -actitud de capricho, uso y abuso de un objeto que me apetece: nada de amor-.

El amor hay que analizarlo y medirlo en las respuestas, en las posturas que tomamos, en las actitudes. Y, porque la felicidad la produce el vivir desde el amor, la felicidad nos la jugamos en las actitudes: “la felicidad no depende de lo que me pase -sentimientos-, sino de cómo me lo tome -actitud-”. Aunque estamos muy -y mal- acostumbrados a llamar -y creer que es- amor al sentimiento, lo que siento por otra persona, lo que ella produce en mí. A Antonio le puede pasar también algo de eso, y la escena de cama en casa de Ana lo refleja divinamente: desde cómo Pilar no quiere ir (“¡En casa de Ana no!” – “Sí mujer, que no pasa nada”, -tirando literalmente de ella-.), el momento de amor -‘¿amor?’, ¿posesión, deseo y necesidad física? ¿cariño, ternura, dependencia afectiva?- (“Hace mucho que no me regalas nada.” – “Dime lo que quieras y yo te lo doy.” – “Todo, lo quiero todo. ¡Me lo tienes que dar todo!”), hasta cómo termina Antonio, cuando Pilar tiene prisa (“¿Es que ahora vas a estar echándote novio? ¿Quieres un novio internacional que hable con acento de payaso? Ahora que ‘vives’ en el centro, ¿te parece poco tener un marido que venda lavadoras?”). Muy curiosamente, sobre este crudo final, se oyen las palabras del ‘celebrante’ de la boda del escocés, en la escena siguiente -¡logrado contrapunto!-: “Los cónyuges están obligados de vivir juntos, guardarse fidelidad y socorrerse mutuamente. El marido y la mujer son iguales en derechos y deberes.”

Largo también sería tratar convenientemente el tema del ‘machismo’; complicado entrar a examinar las causas, la historia, las consecuencias, las soluciones. Sí me parece oportuno decir ‘simplemente’ que abunda un convencimiento práctico, casi inconsciente y generalizado, de que la mujer es ‘objeto de uso’ -y de abuso, a poco que se descuide uno u otra-, posesión del varón. Hay chistes, comentarios, opiniones y hasta juicios que se oyen mucho y que revelan concepciones prácticas muy lejanas de las teorías ‘modernas y progresistas’ que casi todos decimos tener. Parece verse lógico el “la maté porque era mía”, donde la mujer -como la pluma o el coche- es ‘algo’ que no se presta. Por mucho que se critiquen y se diga que se ven anticuados o inaceptables comportamientos o creencias religiosas y sociales, ‘lógicos’ hace tiempo, algo flota en el ambiente, que responde sin querer al extremo del chiste: “cuando llegues a casa, pega a tu mujer; si tú no sabes el motivo, ella sí”. Dentro de ese ‘simplemente’, quisiera decir que este algo flotante en el ambiente es el principal caldo de cultivo de tantas concepciones y comportamientos que pueden acabar en malos tratos.

En este tema, tan desgraciadamente de moda hoy, tampoco quisiera intervenir de ‘experto’, ni de juez o analizador, ni aconsejador o arreglador; me parecería pretencioso e imposible. Lo que sí quiero y pretendo, aunque peque de presuntuoso, es ayudar a la gente que todavía no ha entrado en ese infierno, si eso fuera posible. Espero que estas reflexionen puedan servir, a los más jóvenes para prepararse como es debido; y a los mayores para posibilitar un cambio de agujas que evite al tren una posible vía muerta.

Una muy amiga, compañera además de profesorado hace tiempo, me describía la situación de su marido -“¡hasta ahora maravilloso!”-, que se había largado con una colega de trabajo: joven, despampanante, atractiva y juguetona. “¡Y él, que siempre fue tan cariñoso conmigo, tan cercano a los niños!” Me costó ver, y más hacérselo ver, que ‘siempre había sido igual’. Siempre había sido egoísta, caprichoso e inmaduro. De novios, su capricho y objeto de deseo era ella, joven y apetitosa. Con los niños pequeños, él era ‘uno más’ jugando y tirándose al suelo; le encantaban porque se divertía con ellos. En la rutina gris de la madurez -madurez sólo externa: monótona y aburrida-, él seguía buscando, como siempre, ‘algo’ que le divirtiera y apeteciera.

Es en el tiempo de noviazgo cuando las cosas ‘pueden’ tener algo de remedio; ya he dicho que me inclino al ‘más vale prevenir que curar’; y, por difícil que sea, hay un tema que me parece importante distinguir: ‘hay mucho egoísmo disfrazado de amor’; en toda relación: hasta en la de madre-hijo.

A veces he dicho a alguien algo muy fuerte: “Si tu pareja te dice que te quiere tanto que mataría a otra por ti, no te alegres: ¡puede que mañana seas tú a la que mate!” Por exagerado que parezca, creo que el amor de una persona lo tienes que medir no en cómo es contigo, sino en cómo es con los demás. Una persona que ‘es’ egoísmo con alguien, lo más natural es que ‘es’ egoísmo con todos. Y puede coincidir que el ‘quererte’ mucho a ti sea parte de su egoísmo. Puede que te diga ‘te quiero’ como justificación a una manifestación ‘muy cariñosa’, que proviene más bien de un simple y egoísta ‘te deseo’ o ‘me ‘apeteces’ -que está muy bien, siempre que no se engañe-. Mis sentimientos cambiarán, pero mi actitud madura y profunda no cambia así como así: no puedo ser un santo aquí y un cerdo allí, amar ahora y odiar después, ser cristiano en misa y un pinta en el trabajo.

Pero a mi buena amiga le costaba, todavía más, sentir que ella se hubiera equivocado, no haberlo visto antes, que admitir que él era un sinvergüenza. En el fondo, y aunque le costara reconocerlo, le dolía mucho más haber sido ella tonta, corta, ciega. Esto lo he visto en muchos casos. Cuesta mucho admitir que él ya no me va, aunque se vea y hasta se reconozca que es malo, porque eso supone admitir que yo me he equivocado, he visto blanco lo que es negro, he estado mucho tiempo no queriendo ver: ¡y es preferible seguir sin ver! Y, simplificando y generalizando, ésa puede ser la última razón de aguantar y seguir, de ejercer el ‘más vale malo conocido’.

Recuerdo el primer caso que me dejó helado. Era por los años 70: la madre de un niño de unos 14 años vino a contarme que se iba a separar; quería que yo lo supiera por los posibles efectos negativos que tendría en el niño y en su rendimiento escolar. Y me contó que la causa última había sido el enterarse que, para ‘hacer el amor’, no eran ‘necesarios’ los tratos vejatorios del hombre a la mujer. Desde que se casó, haría unos 15 años, creía que ‘era normal’ que el marido pegara, mordiera o arañara a su esposa, cuando ‘la poseía’. Casi de casualidad -por ciertas conversaciones de sus amigas-, había ido pudiendo ver que su marido -hijo de familia ‘bien’ de la ciudad- era un enfermo, un sádico, un desviado. ¡Menos mal, ella pudo verlo; y pudo salir de allí!


¿Puedo prestarte mis ojos?

Cuando vi «Te doy mis ojos», pensé que el título se debía sólo a aquella escena en que Antonio y Pilar se acarician tiernamente en la cama, recordando ‘el regalo de boda’: “Yo le di mis orejas y él me dio su nariz”. ¡Corto de mí!, me costó darme cuenta del simbolismo. Y eso que es algo que repito en muchas charlas e intervenciones: “sólo nos sirve lo que vemos por nosotros mismos; nadie puede ver por mí algo que yo no veo.” Claro que todos tenemos que pedir información, ya que cuatro ojos ven más que dos; pero a mí sólo me sirve lo que yo vea. Y, triste y curiosamente, algunas cosas esenciales de mi vida yo soy el que menos las veo. Por muchos esfuerzos voluntariosos que se hagan, es muy difícil que uno observe su propia realidad con la objetividad necesaria como para ver el problema y la solución auténticos.

La psicoterapia, en parte es ‘prestar los ojos’: yo veo clarísimo algo que tú no ves; y no te lo puedo decir, porque no te serviría de nada. Con mucha calma, humildad y firmeza, el terapeuta ‘presta sus ojos’ al paciente: que él pueda ver lo que yo veo; que casi siempre es -¡nada más y nada menos!- lo que él me ha ‘dejado ver’. Un buen terapeuta no tiene que diagnosticar, ni analizar, ni aconsejar, ni solucionar prácticamente nada; tiene que crear un clima de aceptación y confianza, en el que la propia persona ‘pueda contarse’ cosas que, hasta ahora, no se ha podido contar. Que vea, gracias a ti, cosas que no quería-podía ver; normalmente por miedo, inseguridad, autocensura, imposición infantil -luego, poco a poco, inexorablemente introyectada y autoimpuesta-: “esto no se dice, esto no se toca, esto no se siente”.

Hay unos versos muy interesantes de Jacob Levy Moreno, ‘padre del psicodrama’: “Un encuentro de dos: / ojos en los ojos, / cara a cara. / Y cuando estés cerca, te arrancaré los ojos / y los colocaré en el lugar de los míos. / Y arrancaré mis ojos / para colocarlos en el lugar de los tuyos. / Entonces te veré con tus ojos / y tú me verás con los míos.”

Hay muchos problemas míos -en el fondo, todos- que los tengo que resolver yo. La elección de la pareja es uno de los más importantes. Y ‘la enfermedad transitoria’ del enamoramiento suele ser una compañía inevitable que puede imposibilitar una decisión conveniente. Por tanto, la labor de maduración tiene mucho de entrenar y trabajar el ir distanciándose de uno mismo: ‘ver los toros desde la barrera’, ser espectador de la propia historia. Como un entrenador, jugador o árbitro que tiene que ir mirando y remirando los videos de sus actuaciones, para ir ganando en objetividad y cometer menos errores después. Es muy difícil, largo, costoso y poco frecuente; pero es posible y, desde luego, muy eficaz.

La relación con las compañeras del museo le sirve a Pilar para empezar a verse ‘de otra manera’. Sus condicionamientos, su madre, su pareja la han visto siempre como ella misma se ve: buena, sacrificada, resignada, sin salida, sin posibilidad de autonomía. La mirada de sus amigas objetiva y potencia una creativa actividad que da cauce a la expresión libre de sus sentimientos y hace que se vea a sí misma como una persona digna de vivir, de sentir, de ser querida, de ser feliz. Casi al final, le dice, por fin convencida, a su hermana: “No voy a volver con él. ¡Ya no!” Y, enseguida: “¡Tengo que verme! ¡No sé quién soy! ¡Hace demasiado tiempo que no me veo!” Pilar logra expresarse eso que es el principio de la posibilidad de cambio: de pronto -o poco a poco-, ha intuido que puede verse de otra manera, que puede ser de otra forma que podrá -tendrá que- ir construyendo.


Falta comunicación profunda

A este respecto suelo decir que la mayoría de los problemas de comunicación, incluidos los de la pareja y el noviazgo, vienen de la mala relación con uno mismo. La comunicación tendría que ser ‘el tema estrella’; es el primer escalón, el instrumento principal para la iniciación, la estabilidad y la felicidad de la pareja. Y el principal problema no es que ‘yo no me sé comunicar contigo’, sino que ‘no me comunico bien conmigo’: antes de hablar contigo de mí, tengo que haber entrenado mucho en hablar de mí conmigo. Me parece que ahí está el quid de la cuestión y no toda la gente lo sabe.

Quizá solemos formularnos fácilmente ideas u opiniones, pero nos cuesta mucho expresarnos sentimientos, deseos, frustraciones, anhelos. Y en el caso de los hombres este problema es mayor que en las mujeres. Son muy clarificadoras varias frases de la terapia. “¡No quiero llegar a los 60 y verme como esos tíos de la terapia, amargaos y amargando a su familia! El psicólogo me dice que no tengo deseos; que me ha venido todo dao por la familia y todo eso”, le dice Antonio en un momento de cercanía a Pilar; quiere -o ‘querría’- cambiar, pero no puede. “¡De palabra no me sale ni pa Dios!” – “Quiero que te concentres y pienses en algún detalle personal de ella que te guste mucho.” – “El ruido.” – “Y ¿tú le has pedido disculpas alguna vez?” El problema no sólo es que no le ha expresado sentimientos a Pilar, sino que le cuesta un montón decírselos a sí mismo.

Yo suelo decir -quizá también simplificando- que la mayoría de las mujeres están insatisfechas ‘sentimentalmente’ con su pareja; y una buena parte de ellas no lo quiere reconocer. Muchas mujeres que conozco, si llegan a una confianza suficiente conmigo, acaban diciéndome cosas como éstas: “Mi marido no acaba de llenarme, no acaba de enterarse, no acaba de entrar en mi sensibilidad. ¡No se entera!” Me dan tentaciones de preguntar: “¿Y empezó? ¿En algún momento se enteró; realmente lo intentó?”

“Cada uno habla de la feria como le va en ella”; y con el matrimonio se cumple este refrán. Es cierto que hay de todo, como en botica; sin embargo, mi experiencia de largos años -siempre ‘espectador’ en ese mundo de la relación de pareja-, me hace ser pesimista. Creo que la mayor parte de las parejas deja mucho que desear: viven a porcentajes muy pequeños las enormes posibilidades de comunicación y de realización de la vida en común. Y es demasiado frecuente y muy triste ‘la soledad de dos en compañía’.

Es un tópico muy común decir que las mujeres se casan con el oculto y complicado deseo de tener una persona que las entienda, que las mime, las quiera, las escuche, acaricie, potencie, apoye, respete, agradezca, pida; y el hombre, para hacer el acto sexual (no me gusta decir ‘hacer el amor’, porque muchas veces -más para el hombre que para la mujer- el acto sexual no tiene nada de amor). Hay muchos chistes al respecto; me gusta un juego de palabras: “la mujer necesita la compenetración, al hombre le basta la penetración”. Sí me parece que la mujer necesita más la comunicación; y una comunicación profunda: de sentimientos e intuiciones, de silencios y complicidades, de compartir y saborear.

Y pasa que, al principio, la mujer suele renunciar a sus aspiraciones y conceder deseos a su compañero esperando que él venga en algún momento a ella, a su terreno, a sus preferencias; en la mayoría de los casos, acaban conformadas con identificar ‘amar y complacer’. El hombre no suele querer ‘jugar en campo contrario’, en el mundo de ‘las interioridades’, en el que se siente muy incómodo; aparte de que es fácil que su afectividad se vea mucho más realizada en el trabajo, ‘fuera de casa’.

En una de las lúcidas y cuidadas sesiones de psicoterapia, se escucha algo así: “Es que está histérica perdida, no da pie con bola. Ahora va diciendo que la pego. Bueno, alguna vez la he dado un empujón, pero vamos, eso no es pegar, eso pasa, en todas las parejas hay algún roce.”
“Entonces, ¿qué pasa? ¿Es que a ti no te hace suficientes motivos? Porque a mí me hace motivos por un tubo. Es que la mujer te provoca, precisamente te provoca para que la pegues.”
“Es que la mujer tiene muchas maneras de volverte loco: viene uno cansado de pelear con la vida, de trabajar todo el día pa tu casa, pa tu mujer y pa tus hijos; y vienes pensando en ella, vienes buscando cariño, buscando sexo hablando claro, porque eso es darse a la pareja. Y ¡la hija puta, como que te rehuye! Yo, a lo mejor, la despierto y me rehuye, me rehuye, ¡y me cagoen! Yo la meto un guantazo que se queda más suave que un guante. Yo no sé si es la solución, no sé si me quiere o me odia o me respeta, me da igual. ¡Yo lo que quiero es estar tranquilo!”


Más vale prevenir que curar

En este tema de los malos tratos sería muy deseable, como digo por otro lado, intentar prevenir antes que curar. Más que pensar en qué hacer ahora, intentar hacer algo en los casos que todavía no han entrado del todo en el infierno: tomarnos todos más en serio la cuestión del noviazgo, la preparación, el prólogo del matrimonio o de la simple -¡no tan simple ni sencilla!- convivencia. En las cada vez más frecuentes separaciones, creo que no habría que hacer tanto problema del final, sino 'ocuparse' más seriamente del principio. Está mal planteado el tema del noviazgo, de la unión, del compromiso, del amor, del enamoramiento.

Cuando estuve en Centroamérica hace más de diez años, me llamó fuertemente la atención que en Honduras, para permitir el Sacramento del Matrimonio, uno de los requisitos que pedía la parroquia era . . . ¡que llevaran viviendo juntos al menos 6 años! Allí es muy corriente que unos jóvenes se vayan a vivir juntos y, al poco tiempo, él se va con otra. Por eso, a los que quieren formalizar su unión ante Dios, a los que quieren poner a Dios como testigo y aval de su amor, la Iglesia les pide que den alguna prueba seria de su fidelidad.

En nuestras parroquias católicas, donde esta costumbre sería impensable por escandalosa -y tampoco pienso que sea ‘la’ solución-, creo que se pone más hincapié en cuestiones burocráticas y formales, que en la cuestión de fondo. Tampoco quiero entrar en ese tema de ‘los sacramentos y la vida cristiana’; también sería otro jardín y otras hojas lejanas al rábano que nos ocupa. Sí creo firmemente que los noviazgos son, en general y desde todos los aspectos, bastante superficiales y poco fiables como ‘prueba del nueve’. ¿Por qué para el carnet de conducir se exige teoría y práctica, tests y pericias comprobadas, y para casarse -¡y para tener un hijo!-, a veces ni se cubre el expediente? Repito que se evitaría tanto duelo -social, político y moral- del divorcio y la separación, si se diera más importancia real al noviazgo, a la preparación seria, a la madurez previa.


Influencia de la religión

Tampoco me distraigo aquí en aquello, ya muy manoseado, de si los jóvenes no quieren comprometerse, no están preparados para decidir y optar -prescindir, en el fondo-; o si son externas las causas de su socialmente admitida ‘adolescencia eterna’. Y tampoco me parece oportuno aquí el complejo tema de si el compromiso tendría que ser para siempre o no. Sin embargo, y dada mi condición de cura, hay un tema de gran actualidad y que no quiero escamotear: la nefasta influencia de la educación religiosa de nuestro ‘nacional catolicismo’; la sumisa obediencia a la práctica de la ‘resignación cristiana’. La madre de Pilar y Ana -Rosa María Sardá, como decía al principio, borda esa exageración- encarna perfectamente esa caricatura viviente, por desgracia demasiado generalizada: lo importante es el qué dirán, el quedar bien, hacer lo que está mandado o lo que siempre se hizo. La mayoría de sus frases no tienen desperdicio: “Ya que la ceremonia no es lo que tiene que ser, que haya unas fotografías bonitas para recordar.” “¡Una mujer nunca está mejor sola" ¿Qué sabes tú de eso?” “¡Tú lo que tendrías que hacer es arreglarte con Antonio y volver a tu casa!” “Ana, deja a tranquila a tu hermana; ¡déjala en paz! ¡Ella sabrá lo que tiene que hacer!”

Las escenas del cementerio, mezcla de comedia y tragedia, son muy lúcidas e iluminadoras. Sociedad muerta, maquillada de apariencias estériles y castrantes; flores que adornan y disimulan la falta de vida, de verdad, de comunicación; el que no vive no entiende la muerte; no amar es vivir muerto. “No está solo, mamá, ¡está muerto!”, le dice Ana. Algo parecido -y muy logrado visualmente- se dice en la terraza con la conversación sobre el vestido de boda -reliquia de una realidad falseada y de un fracaso conscientemente ignorado- que Pilar lanza al aire, como si quisiera hacer lo mismo con toda su realidad; como si el negar el pasado pudiera cambiar el presente; como si, no aceptando lo negativo, se viviera más positivamente. Terrible es ahí mismo cómo se acerca la madre a abrazar a Pilar y ella le grita: “¡¡¡No me toques mamá!!!” Evidentemente que, a simple vista, a Pilar le duelen las caricias, todas; pero también le duele la familia, la tradición, el vivir como si no pasara nada.

Evidentemente que, la educación católica -cuando es trasmitida sin matices ni crítica- puede ser fomentadora de sumisiones y ‘status quo’ humanamente indefendibles, y a veces tiene que ver con historias que se viven sin profundidad ni madurez ni coherencia. Pero no es sólo ni todo la religión. Yo creo que el fondo de estos problemas, aunque se atribuya a la Iglesia, no es de estructura religiosa, y viene muy mezclado con normas, tradiciones y convencionalismos sociales. El echar la culpa, sin más, a la Iglesia o a la religión, me parece lógico y muchas veces totalmente justificado; pero creo que no del todo objetivo y práctico. Honradamente pienso que la Iglesia, no es ‘la’ causa. Aunque sea quizá la más visible y fácilmente identificable, es una más de las circunstancias, ideas y creencias tradicionales -opresoras y machacantes, desde luego-, que han colaborado en mucha ‘mala educación’. En lo que yo he vivido y recuerdo de no hace mucho tiempo -y es todavía presente en algunos ámbitos educativos, familiares y sociales- con esta influencia religiosa se mezclaban muchas otras costumbres, miedos y tradiciones.

Para concretar un poco más, me parece que hay dos equivocaciones principales. Una es algo muy generalizado, por desgracia: el pensar que la vida en pareja incluye el cortar toda otra relación de amistad o afecto. “Contigo pan y cebolla”, puede estar muy bien como declaración de adolescentes, pero me parece un riesgo muy grande para personas adultas. Estoy convencido de que la exclusividad, la posesión, la dependencia, la necesidad o los celos son sentimientos-comportamientos propios de personalidades infantiles e inseguras, creo que no son en absoluto compatibles con una actitud madura de amor auténtico y no dejan crecer.

Y la otra equivocación, generalmente admitida también: ‘la pareja está por encima de las personas’. Desde la religión es bastante claro: “El matrimonio es para siempre. Pase lo que pase, hay que aguantar ese vínculo. Aunque no haya amor, el contrato no se puede romper.” Desde el Dios de Jesús, toda institución tendría que estar al servicio de la persona, su realización personal y su felicidad. La única verdad absoluta para los cristianos debería ser “Dios es amor”; el Dios de Jesús no es una obligación ni una amenaza, un contrato ni un papel firmado. Tanto la familia como el matrimonio están muy bien si hay amor; y, si no, no hay nada. ¡Incluso pueden ser y resultar contraproducentes!


¿Resignación cristiana = masoquismo?

Me parece conveniente decir que hay un aspecto -poco auténtico y demasiado extendido- de la religión católica que, más que experiencia positiva de verdadera fe y sana espiritualidad, nace de psicologías enfermas de auténtico masoquismo: algunos dogmas, imágenes y devociones pueden dar pie a identificar religión con sufrimiento y sacrificio. Aún no he visto la tan publicitada y controvertida «La pasión» de Mel Gibson, pero supongo que, por dura que sea, lo único que hará es poner tintes y colores más violentos y sangrantes a algo que, no sólo ya es de por sí bastante violento y sangrante, sino que se suele presentar como un resumen global y único de la religión cristiana. A casi todo el mundo, si le preguntas qué es lo más significativo del cristianismo, te dirán que el crucifijo, la pasión y muerte de Jesús, el sacrificio de la cruz, y ‘los pasos de semana santa’. Se da por supuesto, casi sin darse cuenta de la monstruosidad, que el dios cristiano es malo, vengativo, justiciero: necesita y exige mucha sangre y muchos sacrificios, para poder perdonar a esos malvados seres, sus enemigos los hombres . . . Y el 90 % de las celebraciones, predicaciones y de la misma ‘educación católica’ fomenta lamentablemente esta visión, para mi gusto falsa y hasta morbosa, del cristianismo.

(Poca gente habrá llegado a comprender -permítaseme el pequeño paréntesis cristófilo- que Jesús fue un profeta revolucionario genial, mucho más parecido a personalidades como El Che o Ghandi o Martin Luther King, que a las imágenes sufrientes, ‘rosas’ y hasta afeminadas que se venden en demasiadas catequesis. Un hombre que, en tiempos de formalismos y ritualismos opresores y conservadores, predica, porque lo vive y experimenta, un Dios que es amor. Que pone la religión no en el culto y en el cumplimiento de la ley, sino en la plenitud y coherencia de la vida; que lo identifica con lo positivo que hay dentro del ser humano, y que lo único que quiere es que ‘sus hijos’ sean felices. Un Dios que no quiere el dolor ni el sufrimiento de nadie. Como viene a formular González Carvajal en «Esta es nuestra fe»: “Jesús no vino a morir; él vino a enseñarnos a amar, y su muerte fue un «accidente laboral», causado por los poderosos, a quienes peligraba el invento con ese modo de enseñar la religión”.)

En este sentido, es muy significativa la mirada cómplice que lanza Pilar a la Dolorosa del ‘divino’ Morales, con cuya tristeza se siente identificada, y quizá ‘animada’. Y Ana, con algo de ironía y mucho de intención, le dice: “Acaba de darse cuenta de que ha salido en zapatillas”. Habría mucho que decir sobre cómo se juntan muchos ingredientes -religión, escuela, familia, sociedad, ‘municipio y sindicato’- para cocinar un muy extendido ‘morbo masoquista y destructivo’. “¡Entre todos la mataron y ella sola se murió!”

Es muy frecuente encontrar un mensaje inconsciente, laboriosamente integrado desde la madre -la madre tiene más importancia que el padre, por lo general, en la estructuración de afectos- en el fondo de una gran cantidad de mujeres -en general, más que en los hombres-: “Con todo lo que yo he sufrido por ti, ... tú no puedes hacerme 'la faena' de ser feliz, de disfrutar, de divertirte, de estar tan tranquila si las cosas te van bien, ...” “Más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer”: el masoquismo aprendido y contagiado es muy duro de pelar.

(Otro paréntesis -ahora ‘psiquiátrico’-, para el tema de las mujeres que siguen usando ese circuito mortal en sus relaciones de pareja. Se puede generalizar que la que no se libra de él, antes de irse de casa, ¡lo usa con todo el que se vaya encontrando! Os recomiendo el libro terrible “Mujeres que aman demasiado” de Robin Norwood (Ed. Grupo Zeta, Vergara), una psiquiatra norteamericana. La ‘enfermedad’ que descubre en este gran colectivo de mujeres es que sólo se sienten útiles, cuando emplean su vida en sufrir para -¡intentar!- arreglar el problema de la persona que aman.

Hace tiempo me encontré con una buena chica que, a las pocas palabras, me confesó que su novio estaba de siquiatra. Lo que no acababa de confesarse es que ella, más que su novia y su esposa después, pretendía ser su enfermera, su terapeuta, su señorita de compañía y la ‘hermanita de la caridad’. Recuerdo que le dije, como pude, que eso era incompatible; me escuchó dócilmente y hasta me dio la razón y creí que lo iba a dejar. Pero, como era lógico, no me hizo caso. Luego, gracias a Dios -aquí sí me parece correcto el dicho-, se separó, y hoy tiene una relación estable y satisfactoria. No me extiendo más en un problema demasiado extendido y difícilmente encauzable; a los interesados les remito al libro y a que busquen ayuda eficaz ‘ya’, para salir de esa trampa horrible y demasiado frecuente.)


¿Qué es ‘primero’, la pareja o la persona?

Hay otra reflexión que me parece importante, y pienso que es la raíz de muchas preguntas muy necesarias en diversos campos del ser humano. ¿Para casarse hacen falta dos personas maduras, o se madura después? ¿Qué grado de madurez, objetividad, aceptación, realismo es necesario para predecir un buen futuro a una unión? ¿Es la propia persona un árbitro objetivo para decidir cuándo hay la madurez suficiente para un compromiso definitivo? ¿Hay alguien suficientemente objetivo para eso? ¿Se necesitarían árbitros–ayudas ajenas?

Se dice que “el amor es ciego y el vecino ve bien”. ¿No será, más bien, que el ‘enamoramiento’ es ciego; y que el amor, el auténtico amor, tiene que ser lúcido? Un verdadero y maduro amor ¿no tendría que incluir una cierta objetividad y aceptación propia y ajena?

¿Qué es ‘primero’, la pareja o la persona? Puede parecer como el dichoso “¿qué es primero, el huevo o la gallina?”; pero me parece mucho menos inútil: ¿El matrimonio -el compromiso de pareja, no entro aquí en distinguirlos- está al servicio de las personas o las personas están al servicio del matrimonio? ¿Una persona debe salvar su matrimonio, aun con el precio de su felicidad? ¿O tiene que buscar su felicidad, aun a riesgo de su matrimonio?

Hace poco, vino a pedirme ayuda una mujer de mediana edad que inmediatamente me espetó que su matrimonio era un auténtico calvario. “¡No aguanto a mi marido!” Un profesional anterior le había dicho que tenía que salvar su vida antes de que fuera demasiado tarde; y supongo que vino a mí pidiendo una solución más ‘cristiana’. Yo no fui ‘tan cristiano’ como ella esperaba: vine a decirle que tenía que optar; podía decidirse a buscar una terapia de pareja que pudiera lograr la salvación de su matrimonio, en cuyo caso podía acabar ella en un manicomio; o se podía ocupar de hacer una terapia personal que le diera una suficiente estabilidad emocional; aunque era posible que, así, su matrimonio se fuera al garete. Reconozco que son casos límite, en los que es difícil ver, incluso desde fuera; pero darse se dan; y hay que elegir lo que se quiere salvar. (Por algún dato indirecto, deduje que iba a buscar una terapia de pareja.)

Aparte de las posibles y variadas tipologías que se manejan por los manuales, he elaborado una que me ocupa últimamente mucho. En el fondo, es una actitud que responde a una educación bastante generalizada y que deja una huella muy profunda en la base de la personalidad de algo así como el noventa y nueve por ciento del personal. El mecanismo que la funda podría describirse más o menos así: “como yo no soy nada, no tengo nada y no merezco nada, me paso la vida esperando que alguien venga y me dé lo que me falta: afecto, cariño, aprecio, compañía, valoración.” A esta ‘tipología’ particular le pongo el nombre de ‘tipología-burro’: si ponemos una lechuga atada con un palo a 80 cm. delante de los ojos de un pobre asno, éste empezará a andar inexorablemente para conseguir su alimento; morirá de hambre y extenuación sin haberlo alcanzado. (¿Para qué tanto pensar en motores eléctricos, de agua o aire? ¡La ‘lechuga’ es el combustible más barato y más efectivo que se conoce!)


Buscar fuera

Efectivamente, se ve muchísima gente que se mueve a base de ‘lechugas’: siempre buscando la felicidad fuera, en los demás; obediente a aquel mandato-trampa universal: “serás feliz, cuando todos estén felices contigo”. Siempre creyendo que su felicidad depende de lo que los demás le hagan o le digan. Siempre quejándose de que los demás no le dan lo que esperaba; aunque se lo formule más bien como que los demás no le devuelven todo lo que él les ha dado: “cría cuervos, ¡y te sacarán los ojos!”.

Mi amigo Tony de Mello tenía un cuento muy significativo. Una mujer va al médico y le dice: “Doctor, me duele mucho el estómago; deme algo para que se lo tome mi marido.” Algo, muy dentro de casi todos nosotros, nos dice que la razón por la que no somos felices está en los demás; ¡si los demás cambiaran, se arreglarían todos nuestros problemas! Como aquel señor del chiste, que en noche cerrada está agachado mirando debajo de una farola. Se va acercando gente para ayudarle a buscar. – “¿Qué busca?” – “La llave de mi casa.” Y, después de un buen rato: – “¿Pero está usted seguro de que se le cayó aquí?” – “¡No! La perdí entre aquellos árboles, ¡pero aquí hay luz!” A la mayoría de nosotros puede pasarnos eso mismo: tenemos a dos pasos la solución de nuestros problemas, y nos empeñamos en querer salir por donde no hay salida. Sabemos que el problema de nuestras necesidades no satisfechas está en nuestro interior, pero intentamos encontrar la solución en sitios menos oscuros y más cómodos: en los demás, en lo de fuera, en las circunstancias, en que los otros cambien lo que nos molesta.

Todo esto incluye, además, una dosis muy grande de miedo a la soledad. Si yo no sirvo para nada ni tengo nada bueno ni puedo encontrar en mí mismo ningún componente que me lleve a la felicidad, es claro que tendré que salir a buscarlo en los demás; es claro que no aguantaré la soledad; no podré estar solo conmigo. Imagínate por un momento que tienes que estar toda una tarde en una habitación con una persona con la que te llevas fatal. ¡Qué cosa más inaguantable! Pues, como me llevo muy mal conmigo, ¡no aguanto estar solo! Como decía hablando de la comunicación, la causa profunda del problema no es mi relación con los demás, sino mi relación conmigo; y es muy triste que casi siempre estemos buscando mejorar aquélla, y muy poco nos centramos en arreglar ésta.

Hay una frase que se oye mucho y a mí me hace pensar: “¡No puedo vivir sin ti!” Se oye mucho, hasta como declaración de amor; y a todo el mundo le parece muy bien. Y yo pienso que, si yo fuera el ‘agraciado’, respondería a quien me lo dice: “Pues vete y ¡aprende a vivir sin mí! Y, cuando sepas vivir sin mí, vienes y veremos si lo tuyo es amor, o necesidad y dependencia. Si no ‘sabes vivir sin mí’, lo peor que puedes hacer es huir de ti y refugiarte en mí. Nos haríamos los dos mucho daño.”

Así se explica la cantidad de gente que se casa -o se va a vivir en pareja- no porque haya encontrado a alguien que le llena, sino por salir de su soledad: como no aguanto estar solo, y ando buscando alguien que me saque de mi soledad, mi aburrimiento, mi sinsentido, mi vacío afectivo, el primero que pasa -aunque sea en un chat, incluso mejor-, a poco simpático que se muestre, a pocos mimos que me dé, es facilísimo que me parezca ‘un amor’, mi media naranja, la mujer de mis sueños o mi príncipe azul. Por aquí siento yo que va eso de que ‘el amor es ciego’. Mientras estoy ilusionado con un sucedáneo que me quita el hambre, que no me vengan diciendo que eso no me va, que no me conviene, que no es lo mío. Como a un niño que va lanzado a comer chucherías no se le puede decir que le va a quitar las ganas de comer: es casi imposible que lo ‘vea’.

De ahí una segunda derivada muy común: muchas personas que, más que buscar su media naranja, se pasan la vida entera buscando su ‘tabla de salvación’, cuando les falla una, tienen que volver a buscar otra. Aunque también es verdad que no se sabe qué es peor: aguantar con la primera o pasarse media vida de uno en otro. Se suele cambiar de uno a otro diciendo: “Mi ex era realmente impresentable; nunca me quiso, por fin me di cuenta. Pero éste es un cielo: me quiere y me respeta, a mí y a mis hijas. Y mira que me dicen sus amigas que es bruto; ¡pues conmigo es de lo más cariñoso!” Cuesta muchísimo aceptar que no es éste o aquél, sino que es uno mismo el ‘burro’ que se equivoca buscando fuera: y, venga lo que venga, no me irá bien.

"El hombre -y la mujer- es el único animal que tropieza en la misma piedra." Y ¡muchas veces! Se busca huir de la soledad, y se pasa por todo. Lo malo es que, en general, se sigue tapando demasiado y llega un momento en que no acaban de confesarse si compensa -valga la vulgaridad- ‘levantar la liebre’ o ‘bajar el conejo’.


El sano amor propio

Sigo diciendo que nos han educado ‘para los demás’. A todos nos suena como un mandato de fondo una frase de Jesús en el Evangelio, “amarás al prójimo como a ti mismo”. Pero yo creo que no debería entenderse como una obligación moral, como un mandamiento religioso, sino como 'una advertencia humana y psicológica'. Estoy convencido de que el mismo Jesús nos diría algo así: “yo, que sé mucho de la naturaleza humana, os aviso de que, en la medida en que seáis verdadero amor para vosotros, podréis ser amor con los demás; si no te amas a ti, ¡no podrás amar de verdad a nadie!”.

Hay que potenciar la necesidad de un sano ‘amor propio’, de una suficiente autoestima, que tanto se potenciaba en todos los cursos y cursillos de hace unos años. Lo expresa muy bien una frase que me encanta de Antonio Blay: “Una vida sólo es plena, si se pierde media en encontrarse con uno mismo, para poder dedicar la otra media en encontrarse con los demás.” Yo, en mi «Comunicarse para ser feliz», escribía algo en este sentido: “Para aceptarse y quererse es necesario haberse sentido querido y aceptado. Y esto conviene llevarlo resuelto del noviazgo. ¡Pobre de ti, como esperes que el matrimonio te lo dé; no vas buscando 'una cama', sino 'una cuna'!”

Para expresar esto, suelo usar otra tipología propia, contraria a la que definíamos antes con la lechuga del ‘burro’. Es la ‘tipología pozo’: dentro de todos nosotros, existe un pozo lleno de agua y, cuando sentimos sed, sólo debemos beber de nuestro manantial interior. Esto es algo que sólo se puede ver desde la experiencia: la vivencia de que, cuando tengo sed, lo único que me la quita es lo que sale de mi propio manantial. Desde demasiado pequeños, nos han enseñado que nuestro 'pozo' huele mal y que tenemos que poner cosas encima para que tenga mejor olor o mejor aspecto. Y es todo lo contrario: lo que tenemos que hacer es quitar todo lo que hay encima -que es lo que nos han metido-, y dejar que aparezca nuestro manantial.

Incluso tenemos la experiencia de que, las veces que hemos abierto nuestro interior, ha salido demasiada porquería. Es como esas casas nuevas -o en la que han cortado un rato el agua-: abres los grifos y sale un agua horrorosa, marrón y con gran cantidad de aire explosivo que te pone perdido si te acercas. La primera tentación es cerrar el grifo y beber de una botella de Mondariz o Solares o Lanjarón. Y lo que hay que hacer es ‘dejar correr’: esperar y esperar. Incluso se puede ir uno un rato a otra habitación; cerrar la puerta, para que no nos manche a nosotros ni asuste a nadie que lo pueda ver u oír. Pero deja correr, y verás como, al cabo de un rato, sale clara, fresca, buena, nutritiva, apetecible.

Hay un ejemplo que me parece muy significativo. Estudiando la neurofisiología femenina, enormemente compleja, una cosa pequeña me llamó mucho la atención; la producción de leche tras el parto se realiza por un sistema de lo más simple: si el niño succiona el pezón, se genera más leche; si el niño no mama, se para la producción. ¿A qué viene esto? Pues a que lo mismo que con el pecho pasa con el pozo. Si alguien bebe el agua de su pozo, de su manantial, éste mana, produce, crea nueva agua, puede estar eternamente mitigando su sed. Si alguien nunca usa su pozo, si siempre ha estado bebiendo de fuera; si ha usado todo tipo de botellas, pero no se ha podido asomar a su propio pozo, es normal que no vea dentro más que piedras, maleza, barro asqueroso y un olor putrefacto. Y nunca logrará ni sospechar que allá abajo pueda haber nada bueno, parecido a agua.

Como decíamos, esa gran mayoría que busca fuera es ‘porque’ no ha bebido dentro, ‘porque’ no ha confiado en su manantial interno, ‘porque’ siempre ha pretendido aliviar la sed por ahí, ‘porque’ le han hecho creer que la felicidad había que buscarla fuera. Pero tienes que convencerte de que, si bebes de tu pozo, cada vez tendrás más agua; si no lo usas, es normal que creas que no puede haber nada bebible. Deberíamos dedicar un tiempo al día para estar con nosotros, para contarnos cosas; porque, si no dedicamos unos buenos minutos del día a nosotros, no podemos pretender encontrar la felicidad por el simple hecho de estar asistiendo a ‘escuela de padres’ o a terapia de grupo o participando en lo que sea. Sólo podemos cultivar la felicidad ocupándonos de nuestro ‘jardín interior’. Porque tu felicidad no te la va a dar el que hagas feliz a tu marido, a tu hijo o a Dios, sino que te hagas feliz a ti. La única persona que te puede hacer feliz eres tú. ¿Qué te parece el dedicarte al menos un rato a la semana para hacerte feliz?

Y voy a ir terminando con otro ejemplo: una mujer embarazada le preguntó al médico: “Doctor, ¿qué puedo hacer, para que mi hijo nazca lo mejor posible?” El médico le dijo: “Coma bien, ande, haga ejercicio moderado. Bueno, ... cuídese usted.” La buena mujer no quería hacerle caso, porque le parecía egoísta: “¡Cómo voy a cuidarme yo! ¡Quiero ocuparme de mi hijo!” Y es apabullantemente claro que una mujer embarazada ‘no tiene que hacer nada’ -¡nada más que cuidarse ella!- para que su hijo venga bien.

Y tú y yo, ¿qué hacemos?, ¿a qué jugamos?, ¿en qué bando estamos? ¿Somos de los que preferimos someternos, adaptarnos?; ¿nos hemos dejado domesticar para evitar el conflicto, ser buenos, sumisos, no crear problemas, poder comer lechugas y otras limosnas? ¿Somos una ‘pilar’ que obedece y se somete a todo?

O, habiendo recibido esa misma educación, ¿hemos reaccionando desde la violencia que viene de la agresividad que produce la frustración de no haber sido valorados y queridos; y nuestro violento motor es la inseguridad y el miedo de perder lo poco que nos han concedido -sin merecerlo-? ¿Podemos llegar a ser un ‘antonio’ que sólo sabe poner mala cara?

¿O queremos ‘ver’, y luchamos por crecer, liberarnos, comunicarnos, amar? Porque ante la primorosa película de Izíar Bollaín podemos permanecer de espectadores -¡y hasta de osados críticos!-; pero, tú en tu vida y yo en la mía, ¡NO!

Termino. Si queremos de verdad ser felices, estamos a tiempo: “Hoy es el primer día del resto de tu vida”, que decía ‘Chéspir’. (Con tal de que no sigamos pensando que “serás feliz cuando todos estén contentos contigo”; que no te dediques a ‘complacer’ a tu pareja o a tu madre o a tu hijo.) Y, tengas la edad que tengas y estés en la situación que estés, empieza por el principio: comunícate contigo -pide prestados los ojos a alguien, si te hace falta-, cuida de ti. Haz de ti una persona auténtica y autónoma, objetiva y realista, libre y responsable. Eso es lo mejor que puedes hacer por los demás. Sé feliz -no caprichoso ni egoísta, eso es otra cosa y yo no me refiero a eso-, sé feliz, ¡y tu pareja saldrá ganando, también!








Puedes ver otras críticas en: "La Butaca"; "Zinema"; "IMDb".



ALGUNAS PISTAS PARA COMENTAR LA PELÍCULA EN GRUPO


  • Personajes: Pilar, Antonio; ¿están bien definidos? ¿Son creíbles, reales, auténticos, coherentes, ambiguos?

  • Ana, Madre, Amigas, Escocés, Psicólogo, el grupo de terapia: ¿en qué medida representan personas reconocibles en ‘la vida normal’?; ¿cómo y en qué ayudan o perjudican?

  • Interpretación y dirección de los actores.

  • Ritmo de la película: ¿lento, correcto?; ¿se nota que está dirigida por una mujer?; ¿influye el querer ‘pintar’ las emociones, más que hechos o ‘moralejas’?; ¿te parece que pretende y logra sugerir, ayudar a reflexionar?

  • Guión: aciertos, lagunas, densidad, tensión, resolución.

  • Lo que hay entre Pilar y Antonio, ¿es amor, cariño, ternura, entrega, aceptación, comprensión, necesidad, deseo, atracción? Piensa y recuerda algunas frases, escenas y expresiones que sean propias de unos u otros sentimientos.

  • ¿Crees que Pilar y Antonio tenían salida, solución, posibilidad de entendimiento y arreglo?

  • ¿Se podría haber prevenido? Exigencias mínimas en el noviazgo.

  • Influencia negativa de la religión, sociedad, familia, tradiciones: resignación-aceptación, conformarse-mejorar, aguantar-luchar, realización personal-mantenimiento de la situación.

  • ¿Crees que la educación que se suele dar en las familias y en los colegios que tú conoces, forma para la libertad y la autonomía de las personas?; ¿se crean tipologías ‘pozo’? ¿Piensas tú que es verdad eso de que "el amor bien entendido empieza por uno mismo"?; ¿en qué sentido?

  • ¿En nuestra sociedad se da una verdadera educación para el respeto, la tolerancia y la convivencia pacífica? Factores que influyen a favor y en contra: familia, escuela, calle, ocio, videojuegos, trabajo, televisión, prensa.

  • ¿Se da educación para la comunicación, la escucha y el diálogo? ¿Qué crees tú que se podría hacer en este sentido?




    Para hacer alguna sugerencia: fermomugu@telefonica.net

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