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BUTACA CRÍTICA

LA NARANJA MECÁNICA

Stanley Kubrick, 1971

Como las grandes obras de los buenos directores, "La naranja mecánica" tiene -por lo menos- dos lecturas. Algo que le suele gustar hacer a Stanley Kubrick en bastantes de sus películas. En "El Resplandor", por ejemplo, presenta una trama en la que el miedo distrae durante toda la proyección y, detrás, monta una lección magistral de psicología sobre la 'neurosis obsesiva', que pocos espectadores -trascendiendo la primera vista- logran escuchar. Algo parecido -con distintos argumentos y lecciones, primera y segunda lectura- hacía en aquella "2001 odisea del espacio" o en la última "La chaqueta metálica".

"La naranja mecánica" es una obra maestra de este juego de doble intención. El ritmo trepidante, el siempre sugerente guión -preñado de vitalidad agobiante-, la crueldad de los contenidos -no sólo la visible en las explicitadas escenas de sexo o violencia-, la perfecta dirección de personas y situaciones -con necesarias e iluminadoras exageraciones-, los ambientes espectaculares -elaborado reflejo de la sociedad de montaje y consumo-, la envolvente música -de patente ambigüedad expresiva-, los decorados y vestuarios sofisticados -¿realistas o de irónica y sarcástica caricatura?-, la caracterización de los personajes -¿simplemente objetiva o paradigmática?-, la sutil presentación de grupos humanos -¿ingenua o sabiamente corrosiva?-,... nos sumerge desde los primeros fotogramas en una pesadilla -"con un dominio elocuente del medio ha creado un sueño en el que nos pide que nos riamos de sus pesadillas" escribió un crítico-, de la que es costoso liberarse para poder escuchar la moraleja de este genial maestro de vida -cuestionador de supuestas obviedades-.

Enpezando por el título original -si bien el film, aunque adaptado y realizado por el propio Kubrick, está basado en la novela, del mismo nombre, de Anthony Burgess-: "A clockwork orange", algo así como "una naranja, obra de relojería" -que se prodría traducir por "un alimento de efectos explosivos a largo, a veces, no tan largo, plazo"-. "La primera pregunta que sugiere la obra -dice Margarita Lobo en la revista 'Reseña'- es si Alex es una personalidad enferma dentro de una sociedad sana, o es un ser normal dentro de una sociedad anormal. Kubrick parece optar por esta última tesis. Ahora cabe esperar la reacción del espectador, si es capaz de ver en la normalidad de Alex una de las manifestaciones del auténtico mal, la sociedad; o si se limitará a separar del núcleo social a Alex examinándolo como un ser patológico."

Aquí está la clave de las dos lecturas -y, por tanto, de las dos posibles conclusiones- o visiones de la película. A Kubrick le gusta que, a simple vista -impactados por la superficial y profunda parafernalia de agresividad- confirmemos nuestra 'clara' convicción de que "los jóvenes son unos monstruitos de quien tenemos que defendernos". Aunque nos da pistas suficientes para que podamos concluir -desde la visión más reposada y objetiva-, como escribe también Margarita Lobo, "que la violencia y el erotismo del film no se ofrecen gratuitamente -como deducen la mayoría de los espectadores no avisados-, sino que la intención del autor va mucho más allá. En "La naranja mecánica" no es el individuo quien crea estos elementos, sino que es la sociedad quien los ofrece en un sutil juego -¿alimento lleno de enfermizo consumismo frustrante y vacío de plenificadora comunicación afectiva?, ¿bomba de relojería?, ¿droga de adicción (frustración-agresividad) inevitable?, ¿trampa de un cierto entretenimiento autodestructivo?-. Es el intrincado camino que introduce en un laberinto complejo, asfixiante, del que no se puede salir. Y ante él, ¿qué recursos le quedan al individuo para acabar con esa feroz manipulación a la que están sometidos?"

"Aunque la crítica formulada afecta a la sociedad en general -seguimos leyendo en Reseña-, recae con mayor acritud en algunos de los pilares tradicionales que la sustentan como la familia, representada por los padres del protagonista, pequeños burgueses ignorantes y débiles; los intelectuales egoístas, ajenos a la realidad, que sólo intervienen cuando pueden obtener algún beneficio; instituciones como el sistema penitenciario, en donde el individuo se ve sometido a idénticos intereses que en el exterior; o la irónica recuperación social de los amigos de Alex, ahora convertidos en defensores del orden que, al amparo de la Ley, puden cometer cualquier atropello, dentro de la mayor impunidad." No dejemos de lado la crítica a la política y a la religión, aunque de ésta nos muestre dos caras muy distintas -como luego veremos-.

Se podría decir que estos personajes -¿los 'buenos' de la primera impresión?- son tratados por Kubrick con una acritud no disimulada y una caracterización-caricatura esmeradamente cuidada y fríamente calculada: conviene fijarse en la ambientación y diálogos de 'su casa', sus padres, el 'hijo alquilado', el tutor; de la casa -"HOME": hogar caliente, de frialdad y sofisticación no disimulada, desde la entrada donde el timbre inicia la 5ª de Beethoven- del intelectual, con una frialdad y sofisticación que resultarán patéticas en el segundo encuentro -¿casualidad, providencia, 'sino', (ambigüedad víctima-verdugo,verdugo-víctima: reflexión implícita de quién es 'el bueno' y quién 'el malo'; nos hace ponernos con uno o con otro)?-; la "quinta de reposo", donde la 'mujer gato' se nos muestra envuelta -¿primer momento de esa caracterización burlesca de los 'mayores'?- de ropa y decorado 'provocativos'; la 'traición' de los 'suyos' -juego expresivo con la leche, la debilidad, la ceguera...-; la detención e interrogatorio, incluido el tutor -de nuevo la reiterativa pregunta sobre buenos y malos, víctimas y verdugos, causas y efectos-; la cárcel -sin comentarios-; la religión obligada, el capellán que atemoriza, los presos que 'pasan'; los políticos que van a lo suyo, utilizan, manipulan; los pobres que le agreden; los 'compañeros-policías' que se vengan -¿todo el mundo se está vengando siempre de algo o de alguien, de modo visible o invisible, consciente o inconscientemente?-...

Dentro de la trama -¿argumento?, ¿esperpento?, ¿juego?, ¿drama?, ¿pesadilla?- general, está introducida otra 'película': el experimento -psicológico, político, social- de condicionar las conductas violentas -'visionadas' y unidas casualmente a su música preferida, al "divino Ludwig Van"- con sensaciones corporales de náuseas, producidas químicamente. Puede dar para toda otra reflexión paralela; puede distraer de la reflexión principal; puede ser la síntesis explicitada de toda la otra manipulación implícita. Lo que si es interesante resaltar es el papel que juega aquí el capellán -¿la religión?-; es el único momento del film en que alguien o algo 'critica', objetiva, analiza, mira 'desde fuera', humanamente. Dice el capellán a Alex: "La cuestión es si esta técnica hace bueno a un hombre o no. La bondad proviene del interior. Hay que elegirla. Cuando un hombre deja de elejir, deja de ser hombre." Repito que es todo un mundo dentro de otro mundo -¿es el principal, ayuda, distrae? daría para otro largo -demasiado ya- comentario.

Nos quedaría decir algo sobre la banda musical. <> (Los musicófilos no perderse este artículo de A. Floro "la película de un músico llamado stanley kubrick", en fotocopias aparte y que aquí cito varias veces entre comillas y en cursiva.)

La película no tiene música original -creada para ella-, sino que utiliza trozos muy conocidos. En unos momentos como contraste: la primera escena de violación y violencia -en un viejo teatro, presentado desde sus decoraciones coloristas y barrocas (ya este 'escenario' es, por sí sólo, un contraste)- va acompañada -y precedida, como 'presentación'- por la Obertura de la "Gazza Ladra" de Rossini -"hecha con un preciosismo admirable, incita a la sonrisa, y la superficialidad de su curso sonoro despierta un cierto aire de benevolencia..."-, que continúa en una pelea interna, en un breve descanso posterior, en un vertiginoso y suicida viaje en coche y termina con otra escena de ultraviolencia. Rossini de nuevo, con la Obertura de "Guillermo Tell", acompaña tres escenas -dos muy distintas: la orgía sexual y la primera visión de la cárcel (¿donde le lleva la orgía?, ¿complementarias?, ¿causa-efecto?)- y la vuelta a su casa (¿otra cárcel para él?), donde sus padres prefieren al realquilado.

Otros momentos del film tienen músicas más concordes con lo que se ve, aunque con un tinte de ironía: "el sensualote solo de violín de 'Shérezade' de Rimsky en el segundo de los 'sueños bíblicos' de Alex" en la cárcel; las solemnes "Marchas de pompa y circunstancia" de Elgar durante la visita del ministro a la cárcel y el traslado de Alex desde la cárcel al hospital.

Pero hay dos músicas que tienen un valor especial: por un lado la popular canción de Gene Kelli "Cantando bajo la lluvia". Es uno de los 'leit-motiv' del film, o -mejor, quizá- del protagonista. Queda de fondo en la aparición de los rótulos finales, tras haber sido cantada por el fiero Alex en el principio de sus monstruosas fechorías y en su baño revitalizador -con la gota de agua de fondo-, origen del reconocimiento que le conduce a su trágico final ("los caracteres de esta música familiar, despreocupada, apta para acompañarnos en cualquier acto cotidiano, símbolo de épocas doradas del cine, confiere a la secuencia un plus de violencia auténticamente revulsivo"). Está ya en la novela original, pero Kubrick la recoloca magistralmente como la imagen sonora -brutal 'naturalidad', 'ingenuidad', 'frescura'- del 'pobre' protagonista -que repite "I'm happy again", "cantando bajo la lluvia": tan tranquilo con lo que le está cayendo, tanto al hacerla, como al pagarla y mientras se despide-.

El otro gran tema musical -visualización sonora del mundo interior de Alex- es el segundo movimiento -scherzo apasionado, vital, vibrante, colorista, exhuberante- de la "Novena Sinfonía" de Beethoven. En otros momentos suena el -más conocido, coral- cuarto movimiento. Pero el segundo es el que más define la 'adoración' -¿identificación con?- a Ludwig Van del sádico monstruo de enorme sensibilidad. En la habitación de Alex esta música describe el complicado mundo interior del protagonista -los fotogramas halucinantes son la música de fondo que le acompaña: "en fulgurante montaje, la vorágine de imágenes ejecuta una danza sobre el 'Scherzo': el rostro fiero del propio Beethoven, la serpiente-falo alrededor del sexo de la mujer del 'poster', las irreverentes figurillas de cuatro cristos en grotesca actitud danzante..., violaciones, derrumbamientos, vampirismo"-. Y "en la secuencia del intento de suicidio no se trata, ni mucho menos, de 'música de fondo', sino que la música de Beethoven es protagonista fundamental, en tanto que agente de la acción que tiene lugar: es la música quien lleva a Alex a arrojarse por la ventana."

En cuanto a la manera de 'hacer cine',"La naranja mecánica" logra cotas muy altas. Kubrikc juega de manera magistral con la fotografía, los decorados, la interpretación de caracteres, el guión -del que es autor-, el ritmo..., para introducirnos y envolvernos en su pesadilla halucinante y cuestionadora sobre las causas y los efectos de una sociedad en la que flotamos de modo superficial, y a la que criticamos alegremente sin profundizar demasiado.

Termino haciendo notar dos pequeños detalles -conjunción y contraste de imagen, música y ritmo- donde logra traducir a pura delicia de expresión estética la 'historia', cómica o dramática, que nos cuenta. En la pelea interna, de reafirmación de su liderazgo,"la cámara lenta es manejada para marcar un contraste dinámico (aparte del músico con Rossini) entre la acción que ha requerido de Alex la máxima celeridad de reflejos y que se nos muestra, en cambio, con estudiada lentitud"; en la orgía sexual de su habitación "la cámara rápida subraya irónícamente la música (de nuevo con el acaramelado Rossini) y no al revés".

Y Margarita Lobo concluye: "¿Qué hacer? Dejarse conducir mansamente; ser el peón que todos muevan; utilizar las aparentes libertades que concede el sistema o destruirlas. Haga lo que haga, el individuo está preso en una tela de araña de la que es imposible salir. La sociedad que Kubrick ve está abocada a la desesperanza, ha fracasado totalmente y no se vislumbra ninguna solución." Y Alexander Walker: "'2001, una odisea del espacio' fue una película cuyas imágenes se nos invitaba a gozar por la experiencia de que eran portadoras, 'La Naranja mecánica' es de aquellas de cuyas imágenes tratamos de protegernos. En ella nos pone Kubrick en contacto con el más sobrio de sus temores: que el hombre renuncie a su identidad ante la tiranía de otros hombres. Es normal que una película así nos conmocione".




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