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Ficha técnica

Dirección:
Kenneth Loach.
Guión:
Paul Laverty.
Dirección de fotografía:
Barry Ackroyd.
Dirección artística:
Martin Johnson.
Música:
George Fenton.
Producción:
Rebecca O'Brien.
Producción ejecutiva:
Ulrich Felsberg.
Montaje:
Jonathan Morris.
Sonido:
Ray Beckett.
Vestuario:
Rhona Russell.
Nacionalidad:
Reino Unido-Alemania-España.
Año de producción:
1998.
Duración:
1 h 45 min.

Ficha artística

Joe, Peter Mullan
Sarah, Louise Goodall
Shanks, Gary Lewis
Liam, David Mckay
Sabine, Annemarie Kennedy
McGowan, David Hayman
Maggie, Lorraine McIntosh

Más información
A continuación te ofrecemos algunos enlaces que puedes consultar sobre esta película:


  • Infocine:
  • Database USA:
  • El País de las Tentaciones:
  • Comentarios

    Fernando Moreno Muguruza.
    Para enviarme tus comentarios escríbeme a fermomugu@telefonica.net.

    MI NOMBRE ES JOE
    Espiga de Oro a la Mejor Película y el Premio del Público en Valladolid 1998

    Peter Mullan, Mejor Actor en Cannes

    COMENTARIO CRÍTICO
    Por razones que no es del caso explicar, tengo más abandonada de lo que quisiera mi ‘butaca crítica’. Pido disculpas. Curiosamente, en el día de la Constitución, dentro del 50º aniversario de la Declaración de los Derechos Humanos, escribo estas reflexiones sobre la última preciosidad que nos ha hecho Ken Loach. Él mismo dice en una entrevista que publica Cinemanía: "A fuerza de parecer pretencioso, podría decirse que intento iluminar la experiencia humana: que nos podamos ver bajo una luz un poco distinta. Intento buscar unos personajes, una historia y una resolución satisfactoria que, al mismo tiempo, nos deje una serie de preguntas en la cabeza. Me gustaría que mis películas hiciesen reflexionar." En la misma revista, Ramón F. Reboiras termina su breve y enjundiosa reseña: "Excelente película y desoladora reflexión de un resistente que se niega a entregar las armas." Quiero contribuir a esa reflexión. Intentaré dar mi luz concreta que pueda ampliar la serie de preguntas que nos deje en el corazón.

    En el último número de la revista ‘OeNeGe’, que no es muy conocida a pesar de su calidad extraordinaria, veía un póster precioso con esta provocativa literatura: "Los derechos humanos son algo demasiado serio como para dejarlo en manos de los estados."

    Mi nombre es Joe sería una buena manera de decir esto mismo. Ya el ‘cartel’ puede ser paradigmático: Joe es la radiografía de la sociedad que Loach quiere denunciarnos. Quiere trabajar, no le dejan; quiere amar, no sabe; quiere ayudar, no puede; quiere protestar, es castigado; quiere vivir, ... tiene que conformarse con sobrevivir malamente. Con los brazos abiertos, con el cubo de pintura blanca y la brocha, con una amplia e ilusionada sonrisa, es el retrato de la impotencia, la limitación, la marginación, la injusticia. Los elementos de su posterior puesta en escena -rollos de papel, contrato, negociación, inspector, persecución, ducha, mirada final- son pinceladas primitivas, viscerales, ilógicas, geniales, llenas de deliciosa ironía y de denuncia programática.

    Las imágenes están muy cuidadas para crear el clima de angustia donde la denuncia resulte visual. Los paisajes de Glasgow son pobres y cutres: casas y calles viejas, bolsas de basura, contenedores repletos de abandono. Sólo recuerdo un cuadro bello, un fotograma de cuidada estética: la imagen antes de presentar el hotel ‘Stella Maris’, donde tiene que recoger el Cherokee negro. Glasgow es uno de los mayores focos de superpoblación y desempleo de Escocia, efecto claro de la revolución industrial. Loach quiere ser fiel a sus principios y, más sobrio y maduro que en anteriores denuncias, hace todo un discurso mudo con su cámara. La vida desde la marginación no puede presentar imágenes cuidadas. ¿Sólo el que se asocia a ‘los otros’ puede disfrutar de lo bueno?

    Los colores son grises, oscuros; las luces tenues, filtradas; predominan los interiores. Los rostros son perfiles nítidos, en primeros planos, sobre el fondo denso y desenfocado. Las pocas veces que aparece el verde, la naturaleza, es con tintes oscuros, lluviosos, o acompañada de simbólicas rejas –como la escena de los regalos, donde el agua añade angustia-. Sólo hay un par de momentos en que la luz comunica ilusión o esperanza. Uno, el amarillo de las camisetas ‘de Brasil’. Calculadamente preparado por el episodio en que han de jugar desnudos –humillante impotencia del pobre- y por todo el affaire previo –e imprevisto- en la furgoneta, el supense provocado por la duda de Joe –y contagiado al espectador-, la ejecución precisa e irónica, la explosión radiante e ingenua del gordo, rubio y pelado ‘Pelé’. El otro, la luz, también amarilla, del cementerio. La ‘catarsis’ tras la tragedia: la calma, la serenidad, la apertura a una esperanza finalmente realista. Por un lado, Joe utiliza el deporte como válvula de escape, como salida para él y para otros. Pero, por otro, en esos ambientes, desde esas realidades, no hay salida. ¿Querrá decirnos que la muerte es la única salida? ¿Sólo el quitarse de en medio soluciona algo? ¿Los que vemos ‘desde fuera’ la marginación no podremos aportar otra cosa que nuestra compasión?

    La música acompaña perfectamente este tono gris del decorado. Vulgar, en general, sólo en tres momentos –intimidad, ruptura y reencuentro final, prolongado hasta los finales títulos de crédito- se oye el concierto de violín de Beethoven: el principio del segundo movimiento, de una gran apertura, enorme lirismo, fuerza dramática y expresiva. El protagonismo de esta sugerente página musical está expuesto con una expresiva anécdota de Joe: "Robé en una tienda de música, me fui al pub y lo vendí todo, country, rock, folk, menos esto: esta música me hace sentir algo muy profundo por dentro; siento lo que puedo llegar a ser."

    El ‘tempo’ es cambiante pero ágil. Empieza con un desenfado casi superficial. Un vocabulario rico en ordinarieces. Un ambiente popular y vulgar. El equipo de fútbol recuerda al principio a los chalados optimistas del striptease de Full Monty. Joe conduce su vehículo, amplio y trepidante, en el que, poco a poco, nos vamos subiendo todos. Tan lleno de suspense está el inesperado atraco a la tienda de deportes como el viaje a la guarida de McGowan. Joe hace varias carreras entre la gente, tropezando, a oscuras, huyendo, persiguiendo. El autopulman del ‘dream team’, ruidoso y deshinibido, contrasta con el Cherokee y su aventura tensa y silenciosa. Estamos siempre a caballo entre dos mundos. Loach quiere que los que estamos en este lado tomemos conciencia de lo que pasa en el otro.

    "Algunos no pueden ir a la poli, algunos no pueden pedir un crédito en el banco, algunos no pueden cambiarse de casa y salir de aquí, algunos no pueden elegir." Le dice Joe a una Sarah, que no acaba de entender. "¡No es justo, no es justo!" , grita el parado exalcohólico a la asitente sanitaria, que intenta ayudarle como profesional y le vuelve la espalda, como persona, en el momento crítico.

    Quizá este desencuentro entre los dos mundos es el punto álgido de la atrevida intención y el gran logro fílmico del último Ken Loach. En Diario16 escribía Carlos F. Heredero: "Este cineasta combativo, que sólo entiende el cine como vehículo de conocimiento y de compromiso, acierta a radiografiar con lucidez y sin dogmatismo los males de un sistema generador de injusticias. Es una película llena de verdad, emocionante cuando debe serlo, filmada con sinceridad y convicción, capaz de mirar a esas dos criaturas de frente y sin conmiseración, sin caer en la tentación de hacer discursos y sin moralina ideológica."

    Nos dibuja un Joe completo. Con un Peter Mullan sensacional, justo merecedor del premio de Cannes. El personaje es coherente. Desde su personalidad bien definida, hasta los pequeños ‘detalles sin importancia’. Ya las primeras palabras en off delimitan el recorrido del personaje: "De la cárcel iba al albergue; en el albergue bebía; la bebida le llevaba a delinquir; y de nuevo a la cárcel." Me recordó a la conversación que pinta Antoine de Saint Èxupèry entre ‘el bebedor’ y El Principito: "¿Por qué bebes? – Para olvidar. ¿Para olvidar qué? – Que tengo vergüenza. ¿Vergüenza de qué? -¿De beber!" (Y un recuerdo también entrañable para la deliciosa "La leyenda del gran bebedor". No quiero olvidar un pequeño detalle –los detalles siempre son importantes-: en su casa, casi de pasada, se ve una pared adornada con tres palabras: "... First Things First" –... primero las cosas importantes’-.)

    ¿Joe es un santo?, ¿un mesías?, ¿un iluso? Loach no quiere echarnos un discurso ni un sermón. Nos lo describe con cariño, sujetando la goma para que se pinche Sabine, prestando 300 libras a Liam para que salgan de ahí, y refugiándose en su cassette de Beethoven. "La mejor manera de ayudarse es ayudar", parece querernos decir. "Y no se puede hacer nada desde fuera." Hay dos conclusiones que me parecen importantes y que quiero dejar al lector, como deberes para casa: nadie da lo que no tiene –para poderme dar, me tengo que tener-; y para meterme con alguien –en el orden que sea-, tengo que comprometerme con él –desde el amor, desde él, desde su sitio-, que en argot taurino se dice ‘los consejos, en el asta del toro’. Y yo tampoco quería echar un discurso o un sermón.

    El personaje de Sarah es menos rotundo. La interpretación de Louise Goodall me resulta deficitaria. Arriesgo que muestra una ambigüedad pretendida. Activista, un tanto paternalista, se cree "el ombligo del mundo", forma parte del primer mundo, de la clase de arriba. El clima que se respira en el Centro de Salud, con la antipática Maggie como más visible exponente, nos explica algo de esa ambigüedad. Su misma presentación es, como debe ser, significativa: el medio choque entre su coche con la furgoneta del equipo –los ‘encuentros’ resultan ‘accidentados’-, los dichosos rollos de empapelar por los suelos, la discusión bizantina sobre el techo.

    A este propósito, quiero apuntar algún ribete que me ha gustado menos. La crítica suele entenderse como fijarse en lo malo. Esta 'Butaca Crítica' intenta no caer en eso -ni sólo lo malo, ni lo bueno sólo-, y quiere sugerir varios puntos de vista posibles. Pues, al tiempo que Mi nombre es Joe me parece una gran película, la encuentro un pelín simplista, reduccionista, lineal, exagerada, quizá tópica. Loach peca de querer mostrar demasiadas cosas: paro, droga, prostitución, mafias, alcoholismo, Seguridad Social, ... Y es que es casi imposible decirlo todo sobre la inmensa problemática que se denuncia. En ese sentido Sarah me queda deslavada: me deja sin saber si Louise Goodall se queda corta en su representación, o si Ken Loach se está riendo maliciosamente en su presentación.

    Por otro lado, Sarah, más que coprotagonista, me parece la antagonista. Psicológicamente sugiere la caricatura a la volubilidad femenina: inesperada y variable. Socialmente personifica el desencuentro, el descompromiso burgués. Y éste me parece un buen truco de Loach para hacer su denuncia y su crítica de manera sutil. Aparte de su denuncia social, da unas pinceladas sobre su visión de la 'gente bien': protege, pero no acepta; sabe, pero no comprende; se acerca, pero no llega a entregarse. No sé si como explicación o como excusa, nos insinúa que le faltaron -¡también!- el afecto y la seguridad emocional; no sabe aceptar regalos: dice nos que acaban siendo sís y sís que son nos. Nos refleja una inmadurez afectiva que tapa con un activismo encomiable; sus inquietudes se ahogan en la cárcel de sus propios muros, que intenta escalar; pero, al no hacer pie, cae una y otra vez en su propio vacío; no se entiende ni se perdona y, lógicamente, con Joe le sucede lo mismo (¿sería generalizable este tipo de personalidad?). Visualmente, la casa de Sarah puede ser imagen de su vida: desorganizada y desapacible, por un lado (contesta el teléfono sentada en el suelo), y llena de recuerdos; destaco dos significativos: las fotos de familia que le enseña (la madre sólo estuvo siendo ella niña) y, un cuadrito de un niño con gorra y bufanda que se ve detrás de Joe, cuando Sarah, inoportunamente, le ofrece vino y que, encajado en el marco, como sin darle importancia, ... tiene un naipe: ¡el As de copas!

    Termino esta crítica, para no querer decirlo todo, yo también. Joe se ve impotente desde dentro e incomprendido desde fuera. La marginación, la pobreza, la injusticia no posee recursos para salir de ella; ni se puede combatir desde fuera: no es cuestión de limosnas ni de beneficencia o caridad. Al salir del cine, debemos cumplir el deseo manifestado por Ken Loach: "Trataba de buscar un desenlace narrativo que fuera inevitable, pero que sorprendiera un poco, porque, si no, resulta aburrido. De todos modos, espero que el final contenga elementos para que la gente no tenga ganas de meter la cabeza en el horno."

    F.M.M.

    Voy a intentar llevarme bien conmigo;
    los demás, también, saldrán ganando
    Antonio Blay <(H. von Karajan)>

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