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BUTACA CRÍTICA




EL HIJO DE LA NOVIA

Juan José Campanella, Argentina, 2001 2001




Título original: El hijo de la novia; Distribuidora: Alta Films; Año de producción: 2001; Producción: Mariela Besuievski y Fernando Blanco; Fotografía: Daniel Shulman; Dirección: Juan José Campanella; Guión: Juan José Campanella y Fernando Castets; Música: Ángel Illarramendi e Iván Wyszogrod; Idioma: Español; Duración: 120 minutos

Francesco: Atilio Pozzobon; Daniel: Salo Pasik; Vicky: Gimena Nóbile; Nacho: David Masajnik; Sandra: Claudia Fontán; Rafael Belvedere: Ricardo Darín; Nino Belvedere: Héctor Alterio; Norma Belvedere: Norma Aleandro; Juan Carlos: Eduardo Blanco; Naty: Natalia Verbeke.

Página oficial de "El hijo de la novia"

He oído a varios amigos comparar 'El hijo de la novia' con 'La vida es bella'; hay quien la sitúa incluso entre sus tres primeras películas. Llega a España precedida por el éxito en Argentina, donde ha desbancado en el número uno de taquilla durante semanas a filmes norteamericanos, y ha sido seleccionada para optar este año al OSCAR para el cine argentino. En la 46º edición de la SEMINCI ha obtenido la Espiga de Oro y el Premio del Público.

El argumento es muy simple: Rafael es un cuarentón, divorciado de Sandra, con la que tuvo una hija, Vicky; tiene una joven amante, Naty; regenta un restaurante familiar, 'Belvedere'; víctima de una frenética actividad, sufre un infarto que le ayuda a replantearse la vida; y, con la colaboración de Juan Carlos, olvidado amigo de infancia, ayuda a su padre, Nino, a casarse 'por la iglesia' con su madre, Norma, muy deteriorada por el Alzheimer.

La película empieza con unas escenas, fugaces y rápidas, recuerdo de la infancia: Rafa y Juan Carlos juegan a ser 'El Zorro', son atacados por otra pandilla y se refugian bajo las faldas de su madre, que les da polvorones y leche.

Se sabe luego que Rafael hizo poco más de provecho que jugar y ser 'El Zorro', por lo que lleva siempre encima la losa terrible de no haber podido hacer que su madre esté orgullosa de él. Intento frustrado del 95 % de la gente que conozco. No es que las madres nunca se sientan orgullosas de sus hijos. Es que casi nunca los hijos 'sienten' suficientemente que ellas lo 'sienten'. Un noventa por ciento de ese 95 % no termina de curarse de ese trauma -lo peor es que ni siquiera son conscientes de ello- y busca sucedáneos que llenen ese abismal agujero.

El caso de Rafa es bastante característico -como le dirá en un diálogo delicioso Sandra-. Teléfonoadicto, no se puede comunicar con nadie, ni siquiera consigo mismo; no vive, ni duerme, ni come, aunque prueba de todo; está aquejado de la epidemia que crece en nuestro tiempo: todo el mundo dice que quiere ser feliz, pero se dedica sólo a 'trabajar más' para adquirir un nivel mayor de 'bien-estar' que a casi nadie le deja 'estar bien'.

La 'caricatura' del personaje está servida. El guión, ágil y expresivo, presta espontaneidad y frescura. No tardamos en ver que Rafa no vive, no disfruta, no puede comunicarse ni relacionarse más que con sus proveedores, deudores, o colaboradores; y, a veces, ¡a puñetazos! No se aguanta a sí mismo, no ha sabido mantener la relación con su ex mujer, no logra acertar con su hija, no se atreve a visitar a su madre, y tampoco acaba de enterarse de lo que quiere y siente su amante. (Amante que, desde luego le da sopas con onda: la joven Naty es toda una mujer; está cuando tiene que estar y se aparta cuando no le dan garantías: "Yo tengo mi dignidad y no se puede jugar conmigo".) Tan sólo con su padre se relaciona, aunque no mucho más que en su papel de sucesor de la empresa familiar. Ni siquiera entiende que su padre siga enamorado de su madre, ni que vaya todos los días a visitarla con regalos infantiles.

Su vida está vacía por dentro. Enseguida tiene que aparecer la figura de la madre, fuertemente visualizada como combinación agobiante de presencia-ausencia: presencia ausente y ausencia presente. Es muy gráfico el sitio central y dominante del retrato de la madre en el frente del restaurante, mientras hablan de ella padre e hijo. La 'especialidad de la casa', la reina del paraíso, la que lograba que todos hicieran sumisos lo que a ella le parecía mejor.

"Érase un hombre a un movilín pegado", hubiera escrito sobre el protagonista de nuestra historia el avispado Quevedo. Se encuentra, en el medio de su vida, con que no 'ha vivido'. Dejó la carrera de derecho; se pone al frente del negocio familiar, no sabemos si por demostrar algo a Norma, si por la incapacidad que trae el Alzheimer, por la incapacidad congénita de Nino a llevar los pantalones de la familia, o por la dedicación exclusiva de éste a Norma. Se casó y tuvo una hija, pero no dio la talla como marido ni como padre. Queda claro que tampoco la da como amante. Su vida es una continua huida hacia delante, queriendo satisfacer las expectativas de su madre: perdiendo todas las batallas por demasiado miedo a la guerra; a cualquier compromiso.

'Los otros tienen la culpa de todo'; como para casi todo el mundo, todo va mal por culpa de los demás: el primo, los proveedores, los profiteroles, el vino o la corrupción reinante ("Lo único que se hace bien en este país!", ante el billete falso de cincuentamil pesos). Rafael camina impertérrito, siempre huyendo de su propia insatisfacción. Y, justo el día que su padre le cuenta su proyecto nupcial, mientras alivia su duermevela con una película más de su paladín favorito, le ataca un infarto. Ahí se vislumbra que 'los otros' pueden ser también la solución. La solidaridad, la humildad, el 'dejarse de mirar el ombligo', el abrirse -siempre que no siga siendo otra huida hacia adelante, otro escapar de sí mismo- es un buen camino de solución, de construcción, de real -paradójicamente- 'bien-estar'.

Eso cambia su vida. Al menos, hace un pequeño 'stop'. Todos los que hemos tenido un infarto, de levedad tal que nos ha permitido seguir vivos, sabemos algo bastante parecido a eso. Lo primero que siente Rafael es que le apetecería que su tren se detuviera y poder él bajarse. Hay muchas expresiones que no tienen traducción en otro idioma. Incluso eso pasa con un mismo idioma en distintos países. No me atrevería a hacer la traducción de "que todo se vaya a la mierda". Desde luego no es lo mismo que entre nosotros. Creo que allá tiene un sentido más total y menos concreto. Rafa me parece que querría desparecer, esfumarse. Sólo después, poco a poco, puede formular que quiere empezar un nuevo ciclo de su vida, borrón y cuenta nueva, darse -o que la vida le dé- otra oportunidad, y cosas por el estilo.

Cuando yo desperté de mi infarto, tuve una sensación muy parecida. Pensando que aquello era ya el inmediato final, experimenté una rara sensación de cierta liberación, de "¡menos mal que este lío de vida agotadora se acaba!" Luego, cuando se ve que hay una prórroga, una posibilidad de segunda parte, se empieza a mirar todo con algo más de tranquilidad, objetividad y frialdad. Se empieza a valorar más lo importante, y pierden su importancia aquellas cosas que antes parecían importantísimas. Cuando se valora la vida como algo que podía no ser -"cuando la vida no se da por supuesto", decía un amigo mío, hablando de Centroamérica-, las circunstancias adjetivas pierden valor. Se da más valor a los qué y menos a los cómo.

Rafa va adquiriendo poco a poco -puede parecer demasiado rápido en el tiempo fílmico- una perspectiva diferente. Experimenta un cambio existencial de ésos que pulularon por el celuloide hace un par de décadas -como en 'A propósito de Henry'-: ejecutivo estresado sufre trauma por el que descubre el amor y la amistad.

La profundidad del guión y la mano firme y sabia del director no dejan que los dos tercios finales de la cinta se deslicen hacia sensiblerías peligrosas y romanticonas. Como en 'La vida es bella', la mezcla de fino humor y de sencilla sensibilidad, ambos de calado muy profundo, mantiene una tensión que roza lo sublime. Un amigo y colega me decía que en su vida pocas veces como ésta había reído y llorado, al mismo tiempo y por lo mismo.

Pocas películas modernas se permiten la lentitud suficiente como para que el espectador saboree sus propias sensaciones. Casi siempre que surge un sentimiento fuerte, se suele mitigar el esfuerzo con alguna ocurrencia 'liberadora'. Campanella no cae en ese juego; permite con habilidad y ternura que paseemos, desde la góndola reparada, por canales, aceras y recovecos de la ciudad, de las calles, las familias y las personas.

Juan José Campanella, describiendo el origen del guión de Fernando Castets y él mismo, dice: "Un día mi padre me dijo que quería casarse por la Iglesia con mi madre, que sufre el mal de Alzheimer. Esa contraposición de objetivos, esa simpleza en las metas, tan notoria y contundente, fue el origen del guión. Y a partir de allí comenzamos a crear todos los personajes y las situaciones".

Y Beatrice Sartori termina su crítica en Metrópoli: "Todo ello, con la complicidad de un reparto de actores en estado de gracia. Pues Darín comparece escoltado por las leyendas vivientes Héctor Alterio y Norma Aleandro, ese Roberto Benigni argentino que es Eduardo Blanco, la jovencísima Gimena Nóbile, el propio director en un cameo dentro de una bata blanca, la participación del mítico Alfredo Alcón y nuestra espléndida Natalia Verbeke."

Cada 'aventura', con cada personaje y en cada situación nueva nos hace posible y fácil saborear encuentros y malentendidos, planteamientos y resoluciones, enredos y guiños:

La conversación con Sandra, donde, después de afirmar que su perfil es plenamente reconocible en el mismo índice de las obras completas de Freud, le recomienda: "encuéntrate primero contigo mismo y, entonces, vuelves y te presento a tu hija".

La lectura emocionada de los versos de Vicky, con la que inicia una disfrutada complicidad.

La confesión de Francesco, el cocinero fiel, que no se irá con los nuevos propietarios, porque prefiere dejar el trabajo antes que cambiar de patrón.

Con el bueno de Juan Carlos, fuente siempre de humor y de emoción, escenas innumerables e insuperables; destaquemos la del rodaje con la confesión de su enamoramiento.

La lúcida y lucida conversación con Naty a través del portero automático -en presencia del asustado portero de carne y hueso-: "ya sé que el ver el problema es parte de la solución; la cagada es que no te dicen si es el 50 o el 80 %".

Mención especial a las dos entrevistas con el cura. La primera centrada casi en lo cúltico y ritual, más de risa fácil; la segunda más profunda y de contenido, en la que se propugna de manera muy cabal la prevalencia de la persona sobre la institución, del amor sobre cualquier otra cosa. Crítica más acertada que acerada. Ambiente y ambientación muy logrados. Argumentos contundentes, donde el lego parece saber mucho más de Dios y el clérigo sólo quiere saber de normas, reglas y precios. El que se cree en posesión de la verdad aconseja, no escucha y es muy fácil que no se entere del ridículo que produce. Válido para la mayoría de las instituciones religiosas, tiene una fuerza mayor en el catolicismo argentino reciente.

La escena final de 'contraboda' está preñada de un sutil y elaborado humor, así como de una tensión profundamente emotiva -y auténticamente 'religiosa'-. Farsa y comedia, escenario y vestuario, actores y actuaciones, realismo y emoción, verdad y vida, interiorización y trascendencia, espontaneidad y sentimiento, convicciones y celebraciones. Lo 'auténtico' se vio falso y lo 'falso' surge lleno de autenticidad. Demasiado largo y quizá fuera de lugar aquí sería la reflexión del valor humano profundo de cualquier sacramento, culto o religión. ¿Basta con lo que se hace, con el mero rito externo? ¿O lo importante es el desde dónde y por qué se hace? ¿Construye persona algo que se hace como simple repetición o cumplimiento? O, en otro sentido, ¿bastaría con posturas intimistas, compromisos no expresados, tomas de postura no socializadas, celebradas y refrendadas por y ante un grupo real de referencia? Fuera-dentro, arriba-abajo, ¿no son binomios de bipolaridad necesaria? Hay que dejar muchos puntos suspensivos, que cada uno debería trabajar.

Los 5 principales 'partners' de Rafael -me centro brevemente sólo en ellos- están muy bien definidos y, sin ser en absoluto meros 'comparsas', ayudan a dibujar aún mejor el sugerente perfil del protagonista. Me atrevería a decir que, en diferentes momentos y medida, ayudan a Rafa a estar donde está a lo largo de la historia.

Naty es quizá la más atractiva, no sólo en lo físico. Da una amante nada convencional, que sabe lo que quiere. Sabe estar y sabe retirarse, sabe lo que es amor y lo que es solo sexo.

Sandra aparece más inestable al principio, pero, en la conversación a que aludíamos, le ayuda a objetivar, a bajar de la nube. Presenta además una serenidad y cercanía poco frecuentes en una pareja rota. Sentido del humor y hasta posibilidad de amistad que quiere renacer acabado el amor.

Juan Carlos, con todos los adjetivos del actor -cualidades y utilidades, bufón genial y 'pepito grillo', humor y amor-, es un verdadero amigo. Le hace ver y valorar lo que tiene, lo que puede perder. Le presta el servicio más visible de todos.

Por fin, Norma y Nino tienen, siempre en mi opinión, una importancia psicológica grande en la personalidad de Rafa.

La madre, Norma, la 'norma', el juez introyectado, posibilitador y medida de cualquier afecto posterior. Protección, calor y alimento de la infancia. Abundante, reiterada y machaconamente anunciado, ofrecido y 'restregado' desde el convencimiento del 'amor materno'; pero, demasiadas veces, vivido como insuficiente, castrante y culpabilizador desde la experiencia filial. En general, la madre vive su relación como 'total': amor, desinterés, altruismo, generosidad, desprendimiento; y, también generalmente, el hijo recibe más lo parcial: exigencia, censura, crítica, negatividad, reproche.

Por eso, la presencia ausente de Norma descansa en 'La Alborada': nombre que sugiere alusiones de segunda infancia, regresión, espontaneidad, capricho, ausencia, frialdad, indiferencia. ¿También ella querrá que todo 'se vaya a la mierda' y poder empezar otro ciclo de su vida? ¿Algo de eso querrá expresar la risa-carcajada final con la que nos despide? Rafael necesita un resguardo oficial para tramitar su madurez, y encuentra ya la oficina cerrada. La relación afectiva con la madre -así como su imagen introyectada en el mundo inconsciente, mucho más efectiva, exigente y culpabilizadora de lo que se suele admitir- es un tapiz de fondo muy sutilmente elaborado en una trama distendida y aparentemente superficial.

El personaje de Nino me ha hecho pensar bastante -marear la perdiz demasiado, me dice alguien- y no sé a qué carta quedarme: por un lado me pareció una figura muy 'blanda'. No sé si queriendo o sin querer, si desde una sabia y pretendida decisión de Campanella o desde un manierismo en el que se nos va encasillando Alterio. Casi siempre que en una pareja la madre es demasiado fuerte, el padre suele ser débil. Cuestión de supervivencia. Me parece que hay pinceladas más buscadas, de guión, y otras menos logradas. La influencia de su ascendencia italiana, tanto culinaria como social, está añadiendo colores y matices que refuerzan ese dibujo.

Resulta chocante la escena en que recibe desde el retrete la llamada de su hijo para adherirse a su plan de boda. Decía Freud que la mejor manera de que un hijo logre destruir la excesiva autoridad de un padre en su inconsciente es que éste se imagine y vea a aquél 'cagando'. No deja de ser genial 'el viejito loco'; y no se escapa a nadie la influencia analítica del film. En el caso de la relación padre-hijo de Nino con Rafa, no parece que haya demasiada autoridad-distancia que haya que romper. En este sentido -y viendo todo desde esta tesis- me resultó significativa la escena en que Nino quiere comunicar la boda a sus amigos y se encuentra con que han desaparecido. ¿Vive en otro mundo? ¿Tanto tiempo hace que no trata con ellos?

La cara de Nino cuando está con Norma, incluso cuando habla de ella, es un poema. De ingenuidad o amor, de agradecimiento o dependencia, de sumisión o veneración, de infantilismo o resignada madurez.

El casarse por la iglesia -excusa principal del argumento, desde la experiencia personal del director- es "el único capricho que no le concedí, por mis ideas radicales", confiesa Nino a Rafa. Puede ser lógico que un hombre que hace absolutamente sólo lo que decide su mujer, se reserve algún reducto 'sin importancia', donde afirmar su independencia y autonomía. Como aquel que presumía y alardeaba de decir 'la última palabra' en su casa. Cuando le preguntaban cuál era esa última palabra, contestaba: "¡Sí!"

Y también puede verse -y me consta de gente que lo ha visto primero así- desde la perspectiva de que Nino es el marido ideal, que sigue enamorado después de 40 años, que acude a la residencia día a día, con un detalle amoroso, que mira por sus ojos y vive por y para ella. "Su padre es Dios", que le dirá el cura; o "Padre, debería ponerlo en un póster", que contesta Rafa. Desde ahí, los ojos que yo veo 'blandos y melifluos' serían signo de amor profundo y duradero. "Todo es según el color del cristal con que se mira"

¿Según se mire? ¿Todo depende? Me ha parecido honrado dejar constancia. Es bueno caer en la cuenta de que tiene mucho fundamento aquello de que "para gustos se hicieron colores". Tanto cuando intento enseñar como en mi vida de relaciones, me gusta excluir los absolutismos, incluso en los gustos, opiniones y percepciones. No es bueno educar diciendo "esto es lo mejor", ni siquiera "toma esto que está muy bueno". Pienso -no sé si 'radical' yo también en ese punto- que se tiene muy poco, y se educa muy mal- en el sentido crítico, en un sano relativismo, en fomentar que la gente tome posiciones desde su propia sensibilidad.

Y no sé si es causa o efecto la percepción de detalles y el juicio global: ¿opinamos por lo que percibimos o percibimos dependiendo de lo que previamente opinamos? Tampoco sé si influyen demasiado las proyecciones personales y las experiencias previas. Y tampoco quisiera dar ni más opiniones que condicionen las de los ciberlectores a las mías, ni más datos que puedan destripar la visión de aquellos que aún no la vieron.

¡Ah! Si no la has visto todavía, cuando la veas no te levantes de tu butaca -más o menos crítica- para que no te quedes sin aclarar uno de los enigmas de la película. Un original detalle, de los que aumentan el buen sabor de boca. Y sobre algo que seguro que se te habrá olvidado que te ibas con la duda. (Permíteme un último paréntesis: ¿Hay cosas que, si no te has enterado, no te atreves a preguntar? ¡Espero que no te pase mucho!) Es una final y curiosa invitación a la sonrisa sencilla y tierna. ¡E inteligente!







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