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BUTACA CRÍTICA


LA MALDICIÓN DEL ESCORPIÓN DE JADE

Woody Allen, USA, 2001




Dirección y guión: Woody Allen. Intérpretes: Woody Allen, Helen Hunt, Charlize Theron, Dan Aykroyd, Elizabeth Berkley, Brian Markinson, Wallace Shawn, David Odgen Stiers. Género: comedia, Estados Unidos, 2001. Duración: 110 minutos. Web: oficial.

En primer lugar, quiero pedir disculpas a los asiduos de esta página, a los que la habéis visitado una y otra vez sin encontraros ningún comentario nuevo. Quiero agradecer también a los que me habéis escrito, sobre todo alabando mis comentarios y pidiéndome más.

Tengo que confesaros que no puedo dedicar todo el tiempo que quisiera a este apetitoso jobi; veo muchas menos películas de las que me interesan y no me puedo parar a escribir todo aquello que pienso sobre las que me gustan. También es verdad que los últimos comentarios escritos habían intentado alcanzar unos niveles de amplitud y profundidad difícilmente mantenibles con una tan escasa dedicación. Por fin, me he decidido a escribir lo que salga buenamente -sin pretender que sea demasiado pensado, estructurado o elaborado- sobre lo que pueda ir viendo.

Y voy a seguir, también humildemente, los consejos que me daba un antiguo alumno mío, hoy figura importante del mundo del celuloide y director de un programa de cine en Televisión Española: "no intentes que parezcan 'críticas de cine', que de eso no sabes, y habla sobre la vida, que de eso sí sabes."

Puede que esta introducción parezca fuera de lugar a los no aludidos. Pero me consta que hay un buen número de fans, que no merecían mi prolongada inactividad en esta página.

Fui, pues, a ver la última película de mi admirado Woody Allen: 'La maldición del escorpión de jade'. Y voy a escribir las cuatro cosas que he comentado al salir con un amigo.

En primer lugar, lo que te cae bien, te cae bien. Así de simple. Suelo repetir con frecuencia que solemos ver sólo las cualidades de los amigos y los defectos de los enemigos. Creemos que tiene razón el que piensa como yo y tiene buen gusto aquel que alaba lo que yo. Somos tan narcisistas que leemos sólo la prensa y sólo escuchamos la tertulia de radio de aquella línea ideológica que más se acerca a la nuestra. Los míos son los buenos y los otros están equivocados, son malos, tontos y hasta inválidos o muertos. Algo de eso creo que quiere insinuar Amenábar con el título de su última película: nosotros estamos vivos, practicamos la religión verdadera y poseemos las claves de todos los enigmas. Incluso, como diría Sartre, 'el infierno son ... los otros'.

Pues iba yo de lo más animado a ver al último Woody. Desde la primera música, empecé a disfrutar. Sencillez preñada de vivacidad. Ironía espontánea e inteligente. Música alegre y pegajosa. Diálogo chispeante y sutil. Ambientación detallista y luminosa. Fotografía delicada y deliciosa. Interpretación lograda y desenfadada. Argumento sofisticado y simple. Guión cuidado y sugerente. Comedia de amor y enredo. Obra de arte de tono menor.

Me cae bien Woody y me pongo a su favor enseguida. Disfruto de su ingenio, de esa catarata de ocurrencias, procedentes de una mente obsesionadamente lúcida y descaradamente desinhibida. El complicado y perverso guionista destapa el tarro de las esencias y se derrama con una fluidez apabullante y profunda, sugerente e inagotable, que puede, por excesiva y simple, parecer superficial y simplista. Mirado a simple vista, un espectador exigente tiene derecho a pensar que se acerca la decadencia y el declive.

Pero, una vez más, el sainete está lleno de cargas sutiles de profundidad. El veterano director -de filmografía amplia y rica, variada y variopinta, compleja y complicada, a veces empalagosa y casi siempre jugosa- se ha quitado su disfraz preferido de enfant terrible -no sabemos por cuanto tiempo: quizá sea su rejuvenecimiento y madurez ya definitivas- y nos regala un pequeño divertimento con unas sencillas reflexiones sobre esa enfermedad, pasajera pero febril y molesta, que es el enamoramiento. No puede prescindir de sus convicciones freudianas, donde el ser humano es un pelele controlado por aquello que él no controla: el mundo de su inconsciente -esa cueva del tesoro, donde toda moneda nos presenta las ambivalentes caras del amor y el odio-; quiere ser eficaz, eficiente y efectivo y se mueve bajo el dominio de lo oculto, lo afectivo, lo deseado, lo mágico, lo soñado.

Tras una primera y espectacular presentación de los dos antagónicos protagonistas -que, dicho sea de paso, 'se pasan' en su interpretación, en todos los sentidos, y tanto el propio Woody Allen como la magnífica Helen Hunt nos dibujan como nunca la mejor caricatura del personajillo neurótico y obsesivo-, es en el marco de una fiesta esperpento donde van a encontrarse, inesperada y mágicamente, en la más absoluta intimidad y frescura. El universo de reestructuración empresarial y eficacia organizativa -encarnado magistral y escuetamente en la ejecutivo Betty Ann Fitzgerald- se contrapone -aunque acabe identificándose proyectiva e involuntariamente- con el caos mental y afectivo del veterano, inseguro y cutre funcionario -dibujado con sumo cariño en C.W. Briggs-. (No deja de ser significativamente curioso que el empleado acabe substituyendo al jefe.)

El hipnotizador contratado para la fiesta -hilo conductor del argumento y protagonista desde la lectura simbólica-, catalizador de inevitables reacciones de encuentro y desencuentro, con su amuleto y su turbante, con sus palabras y chasquidos, en escena o por teléfono, con sus incursiones a los diversos niveles de conciencia, escenifica la fuerza del mundo inconsciente sobre la vida de los pobres diablos humanos. El mago, como digo, aparte de su pretexto argumental en la ingeniosa trama, soporta el peso de promover y visualizar el recorrido interior de los viajes de los protagonistas a través de sus contradictorios planos de motivación interior.

La aportación más importante de la película, en mi opinión, es que el 'bicho humano' tiene que decidirse a vivir desde la cabeza o desde el corazón. Usar la materia gris, fría y anodina, o la sangre caliente, roja y huidiza. Efectividad o afectividad. Realismo o utopía. Rutina o sueño. Quedar bien o quedarse bien. Vivir para afuera o para adentro. Cumplir o amar. Complacer -¡sin placer!- o ser feliz.

Ahí me parece que se halla el gran dilema de la mayoría de las personas: todo el personal pretende ser feliz, pero ¿cómo conseguirlo? Todos parecemos caminar tras la felicidad, pero ¿dónde encontrarla? ¿Fuera o dentro? ¿Cuál es el origen de la felicidad?

Al final de 'La maldición del escorpión de jade', en ese desenlace un tanto convencional y condescendiente(1), se nos hace un guiño a usar el 'y' conjuntivo y conciliador en vez del disyuntivo y renunciador 'o': efectividad y afectividad, realismo y utopía, despertar al sueño. Ahí está el difícil éxito. Ése es el esfuerzo, la tarea y el reto. Y, siendo conscientes de que todos somos pequeños grandes diablos geniales. De que el más cuidadoso detective lleva dentro un refinado ladrón -lo mismo que el cirujano usa canalizándola la agresividad de un asesino potencial-. 'Clavos se quitan con clavos'.

'No me considero mejor que el peor asesino ni peor que el mejor santo', escribe el genial poeta libanés Khalil Ghibran en su precioso libro, 'Arenas y espuma'. Todos llevamos dentro un héroe y un villano, un ángel y un demonio, un quijote y un sancho, generalmente del mismo signo y en el mismo campo. La única manera de sacar toda la luz que tenemos dentro es conocer y aceptar la sombra que también tenemos, a veces no tan dentro. Lo único peligroso es no caer en la cuenta.

En ese viaje -apasionante y temido, necesario y desaconsejado- hacia los sentimientos, hacia lo mejor de uno mismo, pocos son los que logran llegar a la meta. Cuando la razón analiza la situación, se asusta, se parapeta, se vacuna. C.W. Briggs dice muy al final a B. A. Fitzgerald: ‘detrás de esos desagradables comentarios hay una mujer muy vulnerable, muy dulce, y hasta sexi; pero no le deje salir nunca, porque podría correr el peligro de ser feliz y eso la mataría.’ (2) Por eso, casi siempre, prevalece el miedo, la prudencia, la razón.

En el primer capítulo de mi 'Comunicarse para ser feliz', intento distinguir esos dos mundos -cabeza y corazón, pensamientos y sentimientos, 'uno' y 'dos'-, desde donde se puede establecer una u otra prioridad vital y desde donde se llega a metas contradictoriamente distintas. Es un tema primordial en psicología: por qué camino queremos llegar a la meta. La meta es clara, pero el camino suele ser intrincado. (Hay un proverbio oriental que dice: 'la felicidad no es una meta, sino un camino'.) De hecho, ¡poca gente llega!

Hace bastante tiempo que estoy convencido de que la felicidad no está fuera de mí. No son las cosas, ni siquiera las personas, las que me hacen ni me van a hacer feliz. Es mi actitud interior, mi postura de corazón la que me puede hacer feliz. Y desgraciado.

Recuerdo un gráfico ejemplo de este convencimiento mío que cuenta Lucien Auger, en su libro "Ayudarse a sí mismo" -libro recomendable y sencillo-. Dice algo así: si tú vas en un autobús urbano, repleto de gente de pie y recibes un empujón que hace que casi te rompas la cabeza,... seguro que te enfadas. ¡Normal! Y seguro que piensas que la causa del enfado es el empujón, ¿verdad?

Pues, ¡¡¡no!!!! Porque, si te vuelves hecho un energúmeno y te encuentras con que el que te ha empujado es un invidente a quien se le ha caído el bastón,... pues ¡se te va el enfado, te compadeces y te pones a ayudarle! ¿O, no? Por tanto, 'la causa' del enfado no ha sido el empujón -el hecho externo-, sino el mensaje que tu inconsciente te ha dicho, al recibir el empujón. El empujón es la 'ocasión'. La 'causa' es lo que tú te dices: el sentimiento, la actitud, el cómo te lo tomes. Auger pone otro ejemplo más irónico: "la causa de que alguien se ahogue en una piscina, no es el que se caiga al agua, sino el que no sepa nadar; porque... ¡hay gente que se ahoga en un vaso de agua y otra que está en pleno océano y no se ahoga!"

Por algún otro sitio, aunque no quiero hacer ya más propaganda ilegal, he escrito que hay dos posturas, tanto psicológicas como religiosas, que me parece importante diferenciar. Una es la del 'burro' -¡con perdón!-, la otra la del 'pozo'.

El burro tiene como combustible más barato una zanahoria, lechuga o similares. A un burro le pones una zanahoria, colocada con un palo, metro y medio delante de los ojos, y estará caminando detrás de ella hasta la muerte. Si nos comportamos como burros, estaremos detrás de algo, externo a nosotros, para conseguir lo que nos falta, y podemos morir en el intento. Ésta es una postura bastante frecuente: "¡para ser feliz tienes que conseguir fuera algo que no tienes dentro!". Nos hemos acostumbrado a necesitar más de lo que creemos tener; y, como casi nadie nos ha reconocido cosas buenas, creemos que sólo tenemos cosas malas. Incluso nos han contagiado, y han hecho que nos coloquemos, esas 'gafas negras', con las que, cuando nos miramos al espejo, sólo vemos lo que no nos gusta, lo que nos falta. Por eso nos hemos hecho 'burros', y buscamos fuera personas o cosas que nos den la felicidad. ¡Y la felicidad nunca la vamos a encontrar fuera! Si esperamos que nuestras expectativas se van a llenar con algo de fuera, es que somos imbéciles; y estaremos andando detrás de ello, como los burros, hasta que nos muramos: de hambre o de agotamiento.

Hay a este propósito una reflexión que me he formulado hace poco. Siempre me había llamado la atención el episodio en que El principito de Saint Êxapèry se encuentra a un vendedor de pastillas para la sed que le explica: "Es una gran economía de tiempo; se toma una pastilla y ya no hay que beber; se ahorran 45 minutos al día". El Principito se queda pensando y dice:"Si yo tuviera 45 minutos para 'perder', iría despacito hacia una fuente.” Yo le daba una lectura positiva: hay que vivir el presente, disfrutar de cada cosa que hacemos; para la felicidad, más importante que el qué, es el cómo hacemos las cosas. Pero luego he pensado que puede tener una lectura negativa: mucha gente ‘sacia’ su sed, ‘buscando fuentes’; mucha gente se pasa la vida pidiendo agua, y, cuando le dan de beber, no quiere. Su droga es pedir agua, no beber. Como Don Juan, disfrutamos conquistando, pero somos impotentes para poseer, disfrutar, agradecer. Pasamos la vida 'subiendo montañas', pero no sabemos 'disfrutar del paisaje'. Es frecuente. Y es muy triste.

Y andamos buscando fuera de nosotros, porque estamos convencidos de que no tenemos dentro el combustible necesario para salir adelante. Pero, ¡sí lo tenemos! Y el intentar creérselo y actuar en consecuencia es vivir en 'actitud de pozo'.

Dentro de todos nosotros existe un pozo lleno de agua y, cuando sentimos sed, tenemos que beber de nuestro manantial interior. Esto es algo que poca gente se cree, nos han educado para lo contrario y, desde luego, sólo se puede sentir desde la experiencia (3): la vivencia de que, cuando tengo sed, lo único que me la quita es lo que sale de mi propio manantial. Como para un recién nacido hay diferentes tipos de leche que son mejores o peores, incluso alguno incompatible, para nuestra alimentación espiritual la única fórmula química adecuada es la que produce nuestro propio interior.

Lo más importante en la relación interpersonal, y más definitivo en la mayoría de los conflictos de pareja, es la comunicación de uno consigo mismo: la cabeza con el corazón y el corazón con la cabeza. Ya decía Pascal que 'el corazón tiene razones que la razón no entiende'. Y no las quiere entender, ni escuchar, ni oír. Más que la insinceridad de uno con otro, suele perjudicar la falta de sinceridad de cada uno consigo mismo; la falta de entendimiento entre razón y corazón. Y más que buscar quién me quiere o a quién quiero, deberíamos intentar querernos, aceptarnos, tratarnos, aguantarnos a nosotros mismos; buscar y encontrar el diálogo y el entendimiento entre nuestros pensamientos y nuestros sentimientos, entre cabeza y corazón.

Y un pequeño paréntesis para dejaros más 'deberes para casa': un libro muy difundido hace pocos años tenía como título "Donde el corazón te lleve". Muchas veces tenemos miedo a perder la cabeza si hacemos caso al corazón. El peligro es otro, y está en dos extremos evitables, aunque demasiado frecuentes: uno es que identifiquemos el corazón con las vísceras -sobre todo las 'más bajas'- y pensemos que la felicidad nos va a venir cuando hagamos todo lo que nos apetece y vayamos detrás del primer capricho que se nos antoja (4); el otro es el que decíamos de no saber siquiera lo que quiere el corazón, a dónde quiere llevarnos, no vaya a ser que nos complique la vida.

Deberíamos dedicar más tiempo para estar con nosotros, para contarnos nuestros sentimientos y deseos, qué nos apetece y qué nos compensa realmente, para conseguir hacer consciente la multiforme potencialidad de lo mejor de nosotros mismos; porque, si no dedicamos unos buenos minutos del día a nosotros, si el rico mundo de nuestros sentimientos sigue siendo un peligroso enemigo, reprimido y desconocido, no podemos pretender encontrar la felicidad, por muchas cosas que tengamos o hagamos y por muchas personas que nos acaricien o por las que nos sacrifiquemos. La única persona que te puede hacer feliz eres tú; la primera persona a quien tienes la obligación de hacer feliz es a ti. ¿Qué te parece el dedicarte al menos un rato a la semana para empezar a escucharte?


(1) Escribe en ABC de 12/10/2001, E. Rodríguez Marchante: "La estructura narrativa, que no es tan importante nunca en Woody Allen como su absoluto y magistral sentido de lo profundo, que aquí resuelve -como siempre, de una manera ligera, sin darse importancia- con una hermosísima historia de amor y con un final que no tiene nada que envidiar en épica y en lírica al de 'Casablanca'."
Y Ángel Fernández-Santos en EL PAIS del mismo día: "Y Allen nos hace así cómplices del despliegue de una complicadísima ligereza, que no se ampara como otras suyas en el filo del chiste verbal, sino que incorpora plenamente la ocurrencia a la acción y deduce de ella trama y trampa, cuerpo y volumen cómico no dicho, sino ejercido, hecho imagen, como esa idea convertida en escena de la sesión de hipnotismo, que se ramifica a lo largo y a lo ancho de la comedia e incluso nos da la clave de su feliz, ambiguo y brillantísimo desenlace, destello de la potencia que despliega, bajo el trabajo de filmación, la portentosa fertilidad del escritor Woody Allen."

(2) No puedo menos de recordar aquí 'Otra mujer' de 1984, donde este tama de 'dejarse sentir' está expresado con el tono intimista y bergmaniano de un joven y poco frecuente Allen. Si te gusta el tema y no la has visto, ¡no dejes de verla!

(3) 'A todos nos vendría bien que alguien nos demostrara su afecto', formula el bueno de C.W. Briggs. Qué difícil es poder amar a alguien si no me amo a mí. Y qué difícil es poderme amar si nadie me ha demostrado amor. Ahí veo yo la causa de la falta de confianza que tenemos en nuestros sentimientos. Hemos oído demasiadas veces: "¡El niño es malo!" "¡Si te dejas llevar de los sentimientos estás perdido!" "¡Nunca digas lo que sientes ni hagas lo que te apetezca!" Y lo peor es que hemos introyectado esos mensajes destructivos: ya no nos hace falta que nos los diga nadie. ¡Me los digo yo!

(4) En la escena con el mago se hace ya una primera aproximación: en un nivel menos profundo se sitúan las primeras apetencias, insinuaciones, ligues, equívocos -nada más ser hipnotizados, se deshiniben y dan rienda suelta a sus sentimientos: se ponen verdes-; en el más profundo aparecen las grandes pasiones -simplificadas en el robo y el amor, curiosamente unidos en la película-. A veces esos niveles -y los comportamientos que provocan- no sólo son distintos y desconocidos, sino contradictorios y sorprendentes -para uno mismo y para los demás: ‘dime de qué presumes y te diré de qué careces’-. Y dos apostillas también curiosas. Por un lado, dice Jeorge: ‘Nadie hace en las situaciones límite -hipnosis aquí- nada que no hubiera podido hacer en su vida real’. Y, por otro, los datos más importantes de cualquier problema son los más difíciles de admitir y reconocer por uno mismo: se necesita ayuda de fuera para ‘poder explicarse lo que ya se sabía’.




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