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BUTACA CRÍTICA

" A V A T A R "



No me apetecía demasiado. Tanto éxito, tanta taquilla, tanta admiración, tantos efectos especiales, tanta publicidad, me daban mala espina. Sin embargo, me animó un buen amigo a ir con él. Y fui. Y me alegré. Dos horas largas de ritmo trepidante, de imágenes brillantes y personajes fantasmagóricos que te pasaban rozando una oreja.

Al salir, comentamos muchos aspectos de la película y nos hicimos muchas preguntas. Las mismas que se ha hecho mucha gente. Aunque otra mucha no haya visto más allá del relieve de sus gafas. Por si a alguien le ayuda, escribo unas cosas que he pensado y otras que he leído ya pensadas.

David Brooks, columnista de The New York Times, escribió hace poco sobre la gran vigencia que tiene la saga del ‘Mesías blanco’ en nuestra época, y señaló que en películas como “Un hombre llamado Caballo”, “El último samurai”, “Bailando con lobos” o la juvenil “Pocahontas”, el héroe es un aventurero blanco que se interna en un mundo exótico y descubre su belleza, se enamora de los pacíficos nativos (sobre todo de ‘una’), toma conciencia de las injusticias que los blancos cometen contra ese pueblo inmaculado, y termina rebelándose contra su propia sociedad.

Desde ese mismo calcado argumento, en “Avatar” entramos en el nuevo mundo a través de los ojos de Jake Sully, un ex-Marine confinado en una silla de ruedas, que, a pesar de su cuerpo tullido, todavía es un guerrero de corazón (se acentúan los elementos ‘mesiánicos’). Jake ha sido reclutado para viajar a Pandora, donde los poderosos están extrayendo un mineral extraño, que es la clave para resolver los problemas de la crisis energética de la Tierra. Al ser tóxica la atmósfera de Pandora, ellos han creado el programa ‘Avatar’, en el cual los humanos ‘conductores’ tienen sus conciencias unidas a un ‘avatar’, un cuerpo biológico controlado de forma remota, que puede sobrevivir en el aire letal.

En internet se denomina ‘avatar’ a una representación gráfica, generalmente humana, que se asocia a un usuario para su identificación; los avatares pueden ser fotografías o dibujos artísticos, y algunas tecnologías permiten el uso de representaciones tridimensionales. Desde otro orden de cosas, en el marco del hinduismo, un avatar es la encarnación terrestre de un dios; el término sánscrito ‘avatara’ significa “el que desciende”. La palabra también se utiliza para referirse a encarnaciones de Dios o a maestros muy influyentes de otras religiones aparte del hinduismo, especialmente cuando tratan de explicar a personajes como Cristo: de ahí las connotaciones religiosas y las opiniones al respecto.


Entre los críticos más virulentos de “Avatar”, se han hecho oír algunos grupos religiosos, que se rasgan las vestiduras ante la glorificación exacerbada de la ‘madre tierra’, y los rituales aborígenes con cierta reminiscencia de festivales hippies de los años 60. La ecología ‘new-age’ y la reivindicación de las culturas originarias frente al atropello salvaje de los neo-imperialistas tienen sus detractores, pero también entusiastas fans, como el presidente boliviano Evo Morales, que se sintió identificado como gobernante indígena en lucha contra los invasores de galaxias lejanas.

“L’Osservatore Romano”, el diario del Vaticano, critica el sentimentalismo, panteísmo y espiritualismo ecológico del mencionado filme: “El ecologismo de ‘Avatar’ se empantana de un espiritualismo ligado al culto de la naturaleza, que le hace guiños a una de las tantas modas del tiempo. Inaugurará, tal vez un nuevo género, creando un imaginario colectivo en el que se reflejará una vez más la fuerza atractiva de los mundos alternativos, una cierta forma de espiritualismo ecológico hoy de moda, y el temor, muy difundido, a vivir una verdadera trascendencia. Avatar presenta una apología del panteísmo, una fe que hace a Dios igual a la naturaleza, y llama a la humanidad a una comunión religiosa con el mundo natural. El credo estadounidense en la esencial unidad del género humano nos lleva a anular toda distinción en la creación. El panteísmo abre la puerta a una experiencia difusa de lo divino, para la gente que no se siente a gusto en la perspectiva escriturística de las religiones monoteístas.”

En honor a la verdad, no me parece que, por lo visto en “Avatar”, se deba –ni se pueda– elucubrar demasiado sobre conclusiones religiosas. Otra cosa más seria y necesaria es analizar el trasfondo social, económico, humano, ecológico: esas invasiones y apropiaciones devastadoras –que se dan por todas partes del planeta, y vemos como ‘normales’–, y que la película nos quiere hacer ver más de cerca, con su realista exageración virtual. Es posible que todos hemos oído hablar del coltán, sin haber prestado demasiada atención a sus consecuencias, silenciadas pero monstruosas. El nombre ‘coltán’ procede de la abreviatura de columbita y tantalita, minerales de los que se extrae el tantalio y el niobio, ‘necesarios’ para la fabricación de aparatos eléctricos, centrales atómicas, misiles, fibra óptica, entre otros, aunque la mayor parte de la producción se destina a la elaboración de condensadores y otras partes de los teléfonos móviles.

La República Democrática del Congo posee el 80% de las reservas mundiales estimadas de coltán. Como este mineral se considera un recurso no renovable altamente estratégico, existe una guerra en el Congo desde 1998, que arroja un saldo de más de 5,5 millones de víctimas, lo que supone el mayor número de muertes desde la Segunda Guerra Mundial.

En varios informes internacionales, Ruanda y Uganda han sido acusados del expolio y tráfico de estas riquezas minerales del Congo. Se firmaron planes de apoyo y cooperación entre Estados Unidos y estos dos países, los cuales, además de enriquecerse con el tráfico del mineral, vieron cómo parte de sus deudas externas fueron canceladas y se los consideró como modelos de desarrollo económico de la región. Es espeluznante, por ejemplo, que el ejército ruandés ha tenido un beneficio de como poco 250 millones de dólares en unos 18 meses de venta de coltán. La extracción del coltán, como la inveterada comercialización de diamantes de guerra, conlleva otras preocupaciones derivadas: la explotación laboral de los trabajadores que participan en la misma o la destrucción de ecosistemas, pues los principales yacimientos coinciden con los hábitat de gorilas en peligro de extinción. (Si te interesa leer más sobre este tema, puedes hacerlo en Coltán-Problemas)


Pero parece que estos conflictos interminables, con esa millonada de muertos –¿de ‘segunda categoría’ para las grandes potencias?–, no nos quitan demasiado el sueño. Como si viviéramos sólo de la realidad virtual. O como si en nuestro ombligo hubiera tal cantidad de crisis, problemas y preocupaciones, que no podemos mirar hacia otro lado.

Con todo esto, la realidad quiere seguir dándonos continuos toques de atención, y no deja de resultar curioso que, a raíz de la película, la comunidad ‘dongria kondh’, en la India, ha hecho distintas movilizaciones, para defender la ‘Montaña Sagrada’ en donde vive, amenazada por un proyecto de explotación minera. Los ‘dongria kondh’ viven en las colinas de Niyamgiri, en el estado indio de Orissa, y la empresa británica “Vedanta Resources” es la que pretende abrir una mina, precisamente en la mismísima montaña sagrada de este pueblo nativo, rica en bauxita, un mineral esencial para la producción industrial de aluminio. El proyecto de la minera es una gigantesca factoría de aluminio, en lo que hoy son las laderas intactas de la montaña. La ONG “Survival” ha tomado como suya la causa de los dongria kondh, y en su página web se puede ver un documental de diez minutos, titulado 'La Mina', que explica el reto al que se enfrenta la tribu. Y publicó un aviso de página entera en la revista “Variety”, para pedirle a James Cameron que interceda por los aborígenes. La tribu le dice al director en el aviso: “Nosotros hemos visto su película; ahora vea usted la nuestra”.

Un informe de “Survival” asegura que una planta de una filial de “Vedanta Resources” está causando contaminación en el aire y el agua, y supone una amenaza para la salud de los vecinos de la zona. Para los ‘dongria kondh’ los ríos son ahora escenarios de desconfianza y de miedo. “Solíamos bañarnos en el río, pero ahora tengo miedo de llevar a mis hijos allí. Mis dos hijos tienen sarpullidos y ampollas”, aseguró una residente de la zona, en un testimonio difundido por "Amnistía Internacional".

Pero, si la historia de esta tribu remota enclavada en la India ha llamado la atención ahora por la publicación de su drama en medios internacionales, la de los dongria es una historia que se ha repetido en muchas latitudes: desde 1995, los ‘u'was’, un pueblo indígena asentado en la zona oriental de Colombia, vienen librando una terrible batalla, oponiéndose sistemáticamente a las explotaciones petroleras en su territorio. “Es un pecado sacarle la sangre a nuestra madre tierra”, dijo en su momento Armando Tegria, líder de la comunidad. Y “la misma película” se repite en Ecuador, Perú o Bolivia, en donde distintas comunidades han denunciado reiteradamente que proyectos, como la explotación de gas o petróleo, atraviesan y destruyen sus reservas. El director, James Cameron, dijo en su discurso de aceptación del Globo de Oro que ganó su película: "Avatar nos hace darnos cuenta de que todo está conectado. Todos los seres humanos estamos conectados los unos a los otros, y todos lo estamos a la Tierra".

En uno de sus cuadernos de notas, Leonardo da Vinci (¡1452-1519!) nos advertía con insistencia y no bajo un código secreto: “Se verán sobre la tierra seres que siempre están luchando unos contra otros con grandes pérdidas y frecuentes muertes en ambos bandos. Su malicia no tendrá límite. Con su fortaleza corporal derribarán los árboles de las selvas inmensas del mundo. Nada de lo que existe sobre la tierra, debajo de ella o en las aguas quedará sin ser perseguido, molestado y estropeado, y lo que existe en un país será traspasado a otro. Los metales saldrán de oscuras y lóbregas cavernas y pondrán a la raza humana en un estado de gran ansiedad, peligro y confusión... Con ellos, las inmensas selvas serán arrasadas de sus árboles y por su causa perderán la vida infinito número de animales. ¡Qué monstruosidad! ¡Cuánto mejor sería para los hombres que los metales volvieran a sus cavernas!”

¿Nos estaremos acostumbrando a las monstruosidades? ¿El progreso se tendrá que conseguir a base de muertes y desastres? ¿Acabará siendo inhumana la humanidad? ¿Realmente nos preocupan los parados, los sin techo, los sin tierra, los niños soldado o violados? ¿Será que discutimos si son galgos o podencos –ecologistas o verdes, panteístas o transcendentes–, y nos dejamos despedazar por una deshumanización absoluta, disfrazada de justificaciones y compromisos políticos, religiosos o ideológicos? ¿O es que vivimos perdidos entre las ideas y las ideologías, distraídos por los efectos especiales, anestesiados con la realidad virtual, . . . sordos al clamor de los que sufren?

F.M.M.


"Si miras a todos los humanos como no humanos,
acabarás mirándote a ti y a los tuyos igual."


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